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Yo tenía entendido que el racismo consiste en considerar que una raza determinada es superior a otra y, por tanto, puede permitirse esclavizarla, despreciarla, humillarla o castigarla por el mero hecho de su procedencia, color de piel o rasgos determinados. Por eso, decir que un negro es negro, un blanco es blanco y un indígena es indígena no supone ningún sesgo racista, simplemente se señala una realidad. Con el tema del racismo estamos avanzando hacia una situación caricaturesca, propia de una comedia de enredo. El último capítulo afecta a una señora octogenaria, británica, dama de honor de la reina de Inglaterra, que preguntó a una mujer negra vestida con ropajes de apariencia africana, invitada a un evento en Buckingham, de qué país de África procedía. Una simple manera de entablar conversación.

Pero resultó que la interpelada era londinense, nacida en Gran Bretaña, adonde sus progenitores habían emigrado en los años cincuenta. Es decir, es tan inglesa como la dama aristocrática, aunque para ella quizá esa realidad actual, la de la multiculturalidad, le resulte poco familiar. Para la aludida, el diálogo –interrogatorio lo consideró ella– fue una tortura, pues la anciana estaba empeñada en averiguar su origen, el de sus ancrestros. Lo que me resulta más curioso es que algo así pueda resultar ofensivo. Cada cual tiene el origen que tiene y ninguno puede ser fuente de vergüenza o humillación.

Si vienes de África, de Siberia o de Panamá lo que tienes que hacer es sentirte no sé si orgulloso –puesto que viene de fábrica, no hiciste el menor esfuerzo por conseguirlo–, pero sí conforme, satisfecho, contento con el legado de tus miles de antepasados. No es mejor ser de Londres que de Luanda o de Jamaica.