Es muy difícil ser coherente en el siglo XXI. Cuando se acerca la Navidad, todas las incongruencias del mundo se magnifican. Mañana compraremos un montón de cosas que no necesitamos, pero qué gusto da ir de shopping para aliviar tensiones. Será solo el principio de una larga serie de autoimposiciones que hay que cumplir para obtener el aprobado social navideño, como asistir a cenas de empresa, comidas familiares, celebrar el amigo invisible o correr la San Silvestre. Estas fiestas son una época de tradiciones, de ilusión, de ver disfrutar a los más pequeños... convertidas en estrenar ropa, comer y beber, comprar regalos y hacer una lista de propósitos que no cumpliremos.

Es muy incoherente que el producto local sea más caro que lo que llega de la otra punta del mundo. Es un sinsentido que haya tan poca diferencia, en términos de ingresos, entre trabajar y estar en el paro. Y nuestro granito de arena para salvar el medio ambiente es sustituir el cepillo de dientes de plástico por uno de bambú, ya me dirán.

Si hay que posicionarse en el debate sobre las luces de Navidad, voto sí. Estoy a favor de apoyar a los comerciantes con la instalación de las luces, a pesar de que supongan un claro despilfarro energético. Una incoherencia más.

Siempre ha sido más fácil mandar que obedecer. Más fácil regañar que corregir, más fácil pedir que dar y más fácil quejarse que ofrecer soluciones. Así que seguimos arreglando el mundo en Twitter y haciendo ver que somos felices en Instagram. Pero el año pasado se suicidaron 3.941 personas en España, diez cada día. Se dispara el consumo de pastillas para dormir desde la pandemia y muchas familias tienen problemas para comprar alimentos frescos.

El súmmum de la incoherencia de la semana ha sido el inicio del Mundial de Fútbol en Qatar. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, llamó hipócritas a los que critican un país en el que la homosexualidad está penada con cárcel. Dijo que él también sufrió discriminación por ser un niño pelirrojo con pecas y reprochó las lecciones morales de los europeos. A mí no me gusta el fútbol y no entiendo como no hay un boicot total al Mundial. Lo pienso mientras busco en Skyscanner mi próxima escapada –de dudosa sostenibilidad– para aprovechar el descuento del Black Friday.

Hay mucha gente frustrada, perdida o infeliz en una época suspuestamente de prosperidad. El sueño despierto más compartido es ganar la lotería, jubilarse o dejar el trabajo para vivir en el campo y hacer un huerto. Y hablando de lotería y de incoherencia, aunque la probabilidad de que me toque el Gordo de Navidad es de 1 entre 100.000, yo ya tengo mi décimo.