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El gasto público es una frenética y compleja actividad que presenta dos caras, la de los buscavotos que provocan su dispendio y la de aquellos que intentan sujetarlo a la ley y controlarlo. Pienso ahora con el triste adiós de Apol·lònia Andreu, Interventora Adjunta de la Comunidad Autónoma y, durante años, compañera y gran docente de la asignatura Derecho Financiero. Nos deja una servidora pública de altísimo nivel que durante muchos años enseñó a futuros abogados cómo funcionan los principios y leyes presupuestarias desde la máxima profesionalidad y amabilidad. La Dra. Andreu –porque además escribió y publicó una tesis cum laude sobre las modificaciones presupuestarias– era diligente, discreta y muy consciente de sus tareas que luego transformaba en brillantes y prácticas explicaciones. Su ausencia, inesperada, choca contra la otra cara de la moneda donde las estridencias y los intereses se anteponen al servicio público que mueve muchas carreras vitales y profesionales. La falta de visión de ese sistema financiero y político que tan a menudo se pone en entredicho solo puede ser equilibrada por quienes desde el rigor y la valentía intentan hacer imperar la ley y su respeto. Algo completamente difícil en esta tiranía de mediocres que alimentan la dependencia con un chorro de ayudas más dirigida al voto que a ayudar. Subvenciones a menudo con trampa o de difícil obtención, pero que buscan justificar todo lo que no se ha programado y ejecutado durante años. Esta democracia no nació para ser una compra de votos ni para ponernos en la tesitura de la confrontación ideológica. Los tributos deberían condicionarse a una planificación que tuviera en cuenta tanto a quienes los generan como a los que van a ser sus destinatarios. El otro día leía en este medio que la presidenta Armengol iba a apuntalar la clase media y debo reconocer que lo primero que visualicé fue la palabra empalar. Estoy convencido de que ningún político quiere el mal para un determinado colectivo o clase social. Si ello ocurre y existen los favoritismos intencionados las normas han fracasado. Es cierto que el mérketing político genera expresiones bellas pero incomprensibles como las de escudo social como un logro que no debería ser atribuible a nadie porque las arcas públicas no son de la política sino de los contribuyentes. Una sociedad que debe ser escuchada y que debe participar activamente en la gestación de los presupuestos y en el reparto de lo obtenido con el esfuerzo de muchos. Cuando la profesora de Felanitx explicaba en clase estas materias lo hacía de una manera exquisita, sin adoctrinar. Una asignatura difícil y que era sobre todo útil para quienes fueran a dedicarse al sector público. Las reglas a veces parecen no llegar a quienes son sus primeros destinatarios. La bendición de tener profesores comprometidos culmina cuando algunos alumnos dan el salto a la política y deciden no saltarse lo aprendido en las facultades de Derecho. Los que ahora continuamos intentaremos mantener su ejemplo.