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Tradicionalmente, en las últimas décadas, una persona después de terminar sus estudios se ponía a trabajar y ahorraba con vistas a comprarse su primera casa. Se solían pasar esos primeros años de independencia en un piso de alquiler, a menudo compartido, para reunir el mayor capital posible. Con algo de ayuda por parte de la familia –si había suerte– uno se metía en una hipoteca generalmente con la intención de formar una familia. Ahora leo en la prensa que las autoridades baleares dicen que hacen falta dieciséis mil viviendas a precio asequible. El chiste está en que en esa premisa se califica de «asequible» un piso de entre 200.000 y 300.000 euros. Si tenemos en cuenta que los salarios están anclados en unos mil, o mil doscientos euros, desde hace años, ese joven que aspira a ser propietario podrá ahorrar bastante poco. Pero pongámoslo aún más complicado. Porque el banco, escarmentado tras la cagada monumental de 2008, ya no se fía de cualquiera y solo presta el ochenta por ciento. O sea, que el joven necesitará en el mejor de los casos –piso de doscientos mil– cuarenta mil euros ahorrados, papeles aparte –unos veinte mil– y eso sin muebles ni un triste tenedor. Si elige un piso de trescientos mil, multipliquemos. ¿Cuánto puede tardar en reunir ese dinero? El problema es siempre el mismo: los salarios. Que la vivienda es cara, sí. Por supuesto. Pero el quid de la cuestión es el bajísimo poder adquisitivo de quien solo puede contar con el salario mínimo o quizá un poquito más. Jóvenes con formación universitaria deben cobrar un buen sueldo. Son millares los que aspiran a ser funcionarios y no es porque la tarea les apasione, sino porque necesitan estabilidad e ingresos dignos. De otro modo, nunca lo conseguirán.