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Tras el ritual anual de la vuelta al cole se reproduce el viejo debate sobre la conciliación entre los horarios escolares y los de los padres que trabajan. En un país donde la jornada laboral de ocho horas ha rebasado ya los cien años (1919) y con las mejoras tecnológicas de las últimas décadas, cualquiera podría pensar que ya es hora de revisar este encorsetamiento secular. Una medida –pasar directamente a la jornada de seis horas– que, se supone, tendría de rebote un efecto positivo en los datos del desempleo. Todos sabemos que es más popular calentar la silla que ser realmente productivo, incluso los jefes ven con mejores ojos a quienes se quedan en la oficina una vez finalizada la jornada –aunque estén perdiendo el tiempo o comentando el partido de fútbol de la víspera– que a los que sacan el trabajo con rapidez y pretenden marcharse un poco antes para atender a sus obligaciones familiares. La eficacia y la productividad jamás han sido valoradas. Pero ahora se añade un ladrillo más a esta pared que nos condena a la asfixia: hay quienes intentan hacernos creer que lo ideal sería prolongar la jornada escolar para adecuarla al horario de trabajo. ¡El disparate máximo! Mientras en todos los países desarrollados del planeta las oficinas echan el cierre a la misma hora que los chavales salen del cole, aquí nos planteamos lo contrario. ¡Y luego se preguntan por qué cada vez nacen menos niños! Si tenemos hijos solamente para verlos en foto y trasladamos su crianza a la escuela, es lógico que la idea nos resulte poco seductora. Las trabas, imagino, las pone el empresariado, que siempre quiere más y más. Solo que llegará el momento en que no tendrá obreros a los que contratar porque nadie habrá conseguido formar una familia.