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Veo el vídeo de un youtuber llamado Óscar Escalona, un vulgar caradura de tres al cuarto. En el mismo se observa a un tipo comiendo una empanadillas con aparente placer. Parece recomendar la empanadilla y hace amago de levantarse e irse. La camarera le pide que abone lo consumido. El fulano pone cara de sorpresa y se señala el pecho con los ojos abiertos. ¿Que la pague?, exclama. Enseguida añade que él come cosas gratis y que lo había dicho al llegar. La camarera entonces insiste y él, al final, como si fuese un tipo de recursos, sobrado, con cierta experiencia en el día a día, se lleva la mano al bolsillo y paga.

De inmediato se desclasifica. Pasa a una actitud horrenda, de chulo de baja estofa ligada al analfabetismo. Pregunta por el nombre del local y avisa a sus seguidores que no dejen malas reseñas con una sonrisita que significa todo lo contrario: dadle caña. Luego amenaza a la empleada con una factura de 2.500 euros por la promoción del local que acaba de emitir. Agrega que la factura no la emite él sino una empresa.

En las redes sociales se genera el efecto contrario a lo ideado por el youtuber: la gente aplaude a la empleada y la página del restaurante se llena de reseñas positivas. Pocos días después, Escalona sale llorando y diciendo que en España hay mucho odio; más incluso que cuando se viraliza una paliza que le dio Omar Montes en un cuadrilátero. Le cierran el canal de Youtube y el de Twich. Tras sus lágrimas de cocodrilo, abre otro canal en Youtube chuleando de ser un tipo viral.

Se rumorea que el conocido portal web Forocoches se plantea enviar una tonelada de estiércol a su casa. Todo esto me resulta del todo incomprensible: no entiendo combatir la mierda con más mierda. Creí que se hacía con cultura, pero se ve que estoy anticuado.