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Alguien dijo que hay lugares que son refugio y personas que son hogar, todo depende del momento aunque solo uno termina creándolo. Sentada frente a esa biblioteca cargada de libros que hablaban en pretérito fui consciente por primera vez que me estaba despidiendo de esa casa. Un hogar cargado de recuerdos que hacía míos aunque eran en verdad compartidos. Libros, figuras compradas en múltiples viajes realizados, objetos y un sinfín de momentos del ayer que nos siguen acompañando en el presente. Mis ojos se detuvieron frente a ese enorme espejo cómplice del paso del tiempo, entonces pensé que nosotros somos como espejos y éstos son puertas donde infinidad de almas traspasan ese cristal para quedar aprisionados eternamente en la imagen que desaparece tras el mismo.

La Sinfonía núm. 38 de Mozart, Prague sonaba con fuerza en la estancia y parecía devolver los ecos y vivencias del ayer a todos aquellos objetos inanimados que cobraban vida en ese mágico momento donde pasado y presente se solapaban. Sí, realmente somos como un espejo porque siempre vemos en el resto una parte de nosotros de la cual acabamos enamorándonos porque todos tenemos una parte narcisista que hace que nos reconozcamos con nuestros semejantes. Fui consciente de lo veloz que pasa el tiempo y muy especialmente de la importancia que tiene el denostado pasado en nuestras vidas porque gracias a él somos quienes somos hoy en día. Muy lejos de olvidarlo y no querer regresar al mismo con el tiempo descubres que el pasado es ese eterno presente, ese eterno momento que no siempre sabemos gestionar, esos instantes que queremos que pasen rápidamente y al que terminamos añorando y pensando en todo lo que podríamos haber hecho mientras permanecíamos en el mismo.

Hay lugares que son refugio porque nos transmiten serenidad y donde podemos coger la fuerza necesaria para crear esas nuevas ilusiones que también se convertirán en pasado en una apabullante velocidad. Hay personas que son hogar porque te transmiten alegría y amor, son luz y bondad y te acompañan sin juzgar porque su mera presencia alimenta nuestra alma mediante su incondicional y eterna sonrisa. Suelen ser personas solitarias, de pocos amigos y cuyo mundo interior es tan rico que no requiere demostraciones públicas de impostada felicidad. Mi mayor deseo es lograr ser refugio y hogar para todos los que me acompañen el resto de mis días porque ellos serán la imagen que veré al ponerme frente a ese transformador espejo llamado felicidad que aúna el ayer, el hoy y la eternidad.