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Estamos tiradas en un aeropuerto de Estocolmo. Es oscuro, sucio, triste. Tiradas es exactamente la palabra que define nuestra situación. Teníamos el vuelo hacia Palma programado para las 13.00 horas. Justo cuando viajábamos en taxi camino del aeropuerto, nos ha llegado el mail anunciándonos el retraso: cuatro horas de espera, más dos horas previas para el checking, más cuatro horas de vuelo (espero y deseo volar de una vez por todas) dan un total diez horas. Más el tiempo de desembarque, espera maletas, trayecto hasta a casa. Un día entero.

No es un problema ni una situación aislada. Los aeropuertos de toda Europa están en estado de caos. La semana pasada, mi sobrino viajaba desde Nuremberg hacia Palma; un vuelo con salida a las 22.00 horas. Les comunican un retraso hasta la medianoche. Después les informan de que se prolonga hasta las 3 de la madrugada. A las 3 se cancela el vuelo: noche tirado (él también) en un aeropuerto y compra a primera hora de otro pasaje para conseguir llegar a casa después de una eternidad. Tengo muchos más ejemplos que me ahorro para no repetirme demasiado. Es incomprensible. No me hablen de huelgas, ni de falta de personal en los aeropuertos… ¿De verdad no se lo imaginaban? Tras dos años de aislamiento todo el mundo viaja. Literalmente. Deberíamos estar preparados. Tendrían que haberlo previsto, tomado medidas, precauciones, calcular la situación. Parecemos principiantes o niños de parvulario.

En definitiva, estamos tiradas: nuestro reino por una silla en cualquier rincón, comida megabasura que escasea, lavabos que dan asco, suciedad, horas lentas junto a cientos de desconocidos que deseamos perder de vista. Eso sí: nadie se mete con nadie. Todos estamos sumergidos en nuestro móvil. Nos hemos zambullido en la pantalla. Somos individuos pacíficos. No nos miramos, hablamos poco, nos acompañan los ronquidos de un par de personas que descansan no sé si felices. Estamos hartas. Cada cual a su casa, por favor.