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Qué la vuelta España del rey emérito sea una noticia destacada da idea de hasta qué punto tenemos mala memoria. En sí ya fue una anomalía el destierro encubierto por el que ha tenido que pasar durante los casi dos años que lleva en Abu Dabi. Un exilio político disfrazado de recomendación, pero exilio, al fin y al cabo. La conducta privada de Juan Carlos de Borbón, reprochable, sin duda, no debería hacer olvidar la trayectoria política del rey Juan Carlos I en su condición de Rey de España.

Su decisiva aportación en la implantación y consolidación del sistema democrático. Sólo desde el rencor de quienes han instalado en la vida pública una revisión de sectaria de la Transición se puede entender los alegatos contrarios al regreso del rey emérito. Quienes han aprovechado este asunto no tanto para criticar la conducta de don Juan Carlos como para, tirando por elevación, intentar desacreditar la institución monárquica tienen más presencia en algunos medios que seguidores en las urnas.

A juzgar por las encuestas, la mayoría de los ciudadanos aprueban la actuación de Felipe VI y consideran que cumple escrupulosamente con el papel que le asigna la Constitución española. La excepción hay que buscarla en las filas de los partidos separatistas catalanes –impulsores del proceso de sedición– al que el 3 de octubre de 2017, un día para la Historia, el Rey de España salió al paso recordando, precisamente, el mandato constitucional que emplaza al Jefe del Estado, como símbolo de la unidad y permanencia de España, a defender la unidad de nuestro país. No se lo han perdonado. A esa cofradía del rencor se ha sumado el mundo de Podemos azuzado por el que fuera su líder hoy reconvertido en telepredicador. Aprovecharan la vuelta del rey emérito para armar ruido, pero la cosa no pasara de ahí.