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Tras el invento crucial del cuchillo de piedra (cuchillo antecesor) en el Paleolítico, y poco después de los primeros cuencos a partir de cráneos humanos, se hizo necesario inventar la cuchara a fin de empezar a comer como es debido, civilizadamente. Porque ciertas cosas más o menos líquidas no se pueden comer con las manos. Cuchillería aparte, la cuchara es el utensilio más antiguo, universal y obvio; una especie de cuenco reducido y con mango, imprescindible para meter cuchara y llevarse el alimento a la boca, que es la primera obsesión de todas las criaturas. Antes del invento de la cuchara ya se usaban conchas de moluscos para esa función, pero luego las viandas se diversificaron mucho, aumentando las posibilidades de manduca, lo que provocó a su vez la diversificación del utensilio, que se multiplicó en forma de cucharones y cucharillas.

En la China de la dinastía Shang, 1700 años antes de Cristo, ya había cucharas de madera, marfil o hueso, cucharillas talladas y cucharones que podían partir la cabeza de cualquiera que metiese cuchara en plato ajeno. En Roma, cada legionario tenía su propia cuchara, con el mango afilado para pinchar si necesario fuese, y así, cuchara al cinto, conquistaron el mundo. Porque comían a cucharadas soperas. Ah, qué habría sido de nuestra especie sin cucharas. En nada, nos habríamos quedado en nada. Se habla mucho del invento del automóvil o de la electricidad o del móvil, pero sin cucharas nos habríamos extinguido mucho antes. Los ingleses, que también conquistaron el mundo, cifraban su nobleza y su superioridad moral en el refinamiento de sus cucharillas de té, que también servían para llamar al servicio (o al sargento en la batalla) dando golpecitos en la taza.

Si esa cucharilla no era de plata, no funcionaba. La moral y la filosofía (otro día les hablaré de la cuchara de Kant) dependen de la comida, pero sobre todo de la cubertería. El poeta Lord Byron necesitaba dos baúles para trasladar la suya. Y eso no es todo. Porque algunos intrépidos se han fugado de la cárcel cavando un túnel con una cuchara, lo que da idea de la grandeza del invento. Quizá el más obvio del mundo, pero había que inventarlo.