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A estas alturas usted ya está al corriente de los audios de Piqué y el presidente de la Federación de Fútbol. Si no es así, busque por ahí antes de seguir leyendo. No dedicaremos una línea más a criticar lo dura que tienen la cara los personajes en cuestión, sobran comentarios. Pero como ya sabe, me gusta hurgar donde otros no miran, sin ánimo de defender a nadie, obviamente. En todo este affaire pasamos de largo, como si no fuera con nosotros, cómo demonios han conseguido esos audios.

Me juego lo que sea que no ha sido de manera lícita, legal y por supuesto ética. Hay que ver cómo nos gusta a los humanos regodearnos con las intimidades de los demás, escuchando tras la puerta o a través de las paredes. Cómo nos estimula oír las conversaciones privadas entre dos personajes públicos, vaya morbo. Pero no nos incomoda saber cómo diantres habrá llegado eso a los medios de comunicación. Ni nosotros, ni los medios, parecen planteárselo.

El fin vuelve a justificar los medios. Lo grave, es cómo participamos todos del circo de pasarnos por el forro el derecho a la intimidad de las personas. Ni ley de protección de datos ni puñetas. Aquí todo vale. Llegados a este punto, y viviendo sin reparos, puestos a elegir, seguro que a la plebe le encantaría escuchar los audios de Piqué, más que con Luis Rubiales, con la mismísima Shakira. Sería otro tono.