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No es algo matemático, por supuesto, pero la inseguridad y el miedo ante el futuro nos hacen políticamente conservadores. Tampoco me refiero a que votemos a la derecha, sino a quien está en el poder, sea del signo que fuere, por aquello de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Los últimos ejemplos los tenemos en las pasadas elecciones llevadas a cabo en Portugal y Hungría. En el primer país, el socialista António Costa revalidó su mandato con mayoría absoluta mientras que en el segundo, el populista de derechas Viktor Orbán aumentó su margen electoral sobre las elecciones anteriores.

Hasta en Francia las encuestas dicen que repetirá en su cargo Emmanuel Macron, después de conseguir acceder a la segunda vuelta junto a Marine Le Pen, cuando hace unos meses su popularidad estaba bajo mínimos. Esto no es válido para Latinoamérica, claro, donde un sistema pendular político lleva del populismo al liberalismo y de éste nuevamente al populismo, como ahora. Pero en una Europa llena de miedos que no conocía hace muchísimos años la actitud conservadora prima sobre las preferencias políticas habituales. Lo vemos hasta en las tres últimas elecciones autonómicas en España, en la que el partido en el poder aumentó su ventaja en Madrid y Castilla y León y la coalición gobernante mantuvo el suyo en Cataluña.

Todo ello nos induce a pensar que no hay que fiarse mucho de las encuestas electorales ni de lo que diga la calle. Así que haría mal el Partido Popular en creer que sobrepasará al PSOE y menos aún que llegará al poder, para lo que necesitaría, además, de todas, todas, a la nueva derecha de Vox (me niego a tildarla alegremente de ultraderecha mientras no se llame ultraizquierda a Unidas Podemos, para estar por lo menos a la par).