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Pienso mucho estos días del año en las procesiones que van por dentro. Y es que si siempre están lejos del foco informativo –lógicamente tiene que ser así, pues van por dentro–, ver pasar por las calle estos días de Semana Santa a las que van por fuera convierten a las primeras en casi irrelevantes. Y ambas, las que van por dentro y las que van por fuera, tienen algo que las hermana. Hasta la reciente era de las mascarillas (que parece que, poco a poco, irá llegando su fin; igual que cualquier procesión que se precie salvo las procesiones eternas que escapan a este artículo); hasta la reciente era de las mascarillas, pues, se daba una situación que, cuando menos, resultaba paradójica. Y es que, mientras quienes participaban en las procesiones que van por fuera lo hacían con el rostro cubierto; quienes paseaban llevando una procesión dentro, lo hacían a cara descubierta.

En general, quienes llevan la procesión por dentro, intentan que no se les note y, por ese motivo, hablan, saludan y sonríen con toda naturalidad. Van a cara descubierta y sólo en ciertos momentos dejan ver un rostro de incomodidad, ya sea por una pregunta que no viene a cuento o por algún comentario poco oportuno. Sin embargo, cuesta distinguir a quienes se suman estos días a las procesiones que van por fuera.

Como van con la cara tapada (y la cabeza y todo el cuerpo) es imposible reconocerles y, mucho menos, descubrir si ocultan algo. De ahí esa peculiar paradoja que, a la vez, es un rasgo común: cuesta identificar a la gente de las procesiones. Tanto de las que van por dentro como de las que van por fuera.