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En Port Adriano tenemos amarrado el Lady Anastasia, un yate con bandera rusa propiedad del empresario fabricante de armas Alexander Mijeev. Hace unas semanas, un marinero ucraniano que hacía labores de mantenimiento, intentó hundirlo en represalia por la invasión rusa de Ucrania y no lo consiguió. Supongo que no es fácil mandar a pique un navío de esas características. Desde entonces el yate de marras se encuentra custodiado por la Guardia Civil. Al principio la custodia tenía como fin salvaguardar la integridad del flotante pero, desde hace unos días, el Lady Anastasia además de custodiado ha sido inmovilizado, intervenido y precintado. La razón: ser propiedad de un oligarca ruso próximo a Vladímir Putin y, por tanto, objetivo de las sanciones que Estados Unidos y la Unión Europea han puesto en marcha para debilitar al Gobierno ruso.

Reconozco que me cuesta entender de qué manera la intervención y la inmovilización –que no expropiación– de un barco de recreo, aletargado durante ocho meses al año en un puerto de Calvià, puede repercutir en el transcurso de esta guerra inmisericorde. Claro que si los políticos así lo consideran, por algo lo harán y sus razones tendrán. Quizás –se me ocurre pensar– esta intervención sea simbólica, como simbólico es el nombre del yate de lujo.

Se llama Lady Anastasia en honor a Anastasia Romanova (1901-1918), la hija menor de Nicolás II, el último zar de Rusia. Cuenta la leyenda que la niña sobrevivió a la ejecución bolchevique de la familia imperial. La princesa zarina se convirtió en un mito que se perpetuó a lo largo del siglo veinte y bien entrado el veintiuno. Incluso la Iglesia ortodoxa rusa la canonizó como la mártir Santa Anastasia y hoy forma parte del santoral de la Ortodoxia para icono de los nostálgicos de la Rusia imperial. Uno de los cuales parece ser Vladímir Putin.