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Andan muy ufanos en el Govern balear a consecuencia de lo que parece ser cierto control de la pandemia –aunque ya han muerto cien mil españoles y siga habiendo fallecidos todos los días– porque así este verano podremos tener una temporada turística normal. Incluso mejor de lo normal, porque tras dos años de sacrificios y temor, todos tenemos ganas de jarana. ¿Recuerdan lo que le pasó a Túnez cuando a un par de terroristas se les ocurrió poner bombas en un museo y disparar a los turistas que tomaban el sol en la playa en 2015? El turismo es un negocio sensible. Muy sensible a lo que pasa alrededor. Aquí casi hemos descartado la amenaza terrorista –nunca se sabe–, pero aunque queramos pensar que el virus maldito ya está olvidado, pueden pasar muchas cosas.Demasiadas.

Especialmente ahora, cuando la inflación está desbocada y silban los misiles en Ucrania. Para los españoles, cuya economía está siempre en la linde entre lo precario y lo mírameynometoques, que los precios de todo suban un siete por ciento supone poco menos que una condena al encierro. Es previsible que los billetes de avión suban su precio –aprovechan cualquier excusa y esta es buena– y, si lo hacen los combustibles, detrás va todo lo demás: el hotel, los restaurantes, las excursiones. Las vacaciones serán más caras. Y eso no será nada mientras el lío ucraniano permanezca circunscrito a esa nación lejana y ajena. En el mismísimo instante en que algo de aquello nos salpique –o aAlemania, ReinoUnido,Francia, países nórdicos–, el negocio turístico volverá a temblar. Y con él, todos nosotros.