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En Baleares sube la violencia machista, la que ejercen los hombres de barro. Es preocupante que nos empecemos a igualar a otras comunidades donde este problema es mayor. ¿Todavía quedan «machos ibéricos» del No-Do? Ahora en Madrid proliferan bandas latinas que salen de fiesta con machetes para matar y demostrar que son muy «guerreros» y aquí, que desde que Chopin compuso sus Nocturnos, nos conocen como «Isla de la calma», empezamos a imitar a los mamarrachos de la violencia. Nadie sabe de dónde demonios ha venido la tendencia, ¿del Congo?, ¿de América del Sur?, ¿de Madagascar?, ¿de las montañas de Pakistán? Me niego a pensar que el isleño mate a su compañera por un quítame allá la mala leche. Lo de bandas latinas lo dice el mismo nombre, aquí siempre hubo peleas, pero nunca de eta índole. «La maté porque era mía» es una copla antigua. España es un jodido país de frailes, manolas, castañuelas y toreros, aquí abundan los necios y los faltos de calcio cerebral, pero asesinos de mujeres nunca los hubo como hoy.

Si pudiéramos ver el cerebro de las personas nos daríamos cuenta de quienes son los enfermos mentales, los que matan en un arrebato de cólera, en una discusión familiar, por una infidelidad, por una custodia compartida o por una calentura al sol. Estamos en un pantano de aguas estancadas, en Mallorca denunciaron mil doscientos casos de agresiones de parejas o exparejas, la tendencia está al alza y se repite trimestre a trimestre. ¿Todavía no hemos aprendido a ser hombres? Somos rencorosos, frustrados, envidiosos y malvados, sin darnos cuenta discutimos tonterías como si la vida nos fuera en ello, los niños se pegan en el colegio, los jóvenes se matan en la calle, estamos aplastados por la miseria del tiempo que nos toca vivir y culpamos de nuestra impotencia a la mujer. Lo he dicho otras veces, el problema es la educación, pero, ¿cómo se educa al descerebrado? Por lo sabido no hay forma de prevenir el maltrato, día tras día las noticias están llenas de sucesos, otra mujer asesinada por su novio, por su esposo, por su amante, y empieza a ser tan habitual que lo escuchamos sin oír, que lo vemos sin mirar, como una mala película cien veces repetida en la televisión.