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Se dice que hay gente incapaz de ver lo que tiene delante de las narices, lo que fuerza a muchos a dedicarse a la política o a las artes audiovisuales (dirección cinematográfica, publicidad), que son profesiones en las que tal déficit no tiene importancia y se suple con talento creativo. No es mi caso, y tampoco disfruto de ese tipo de talento, por lo que ahora mismo les contaré lo que tengo delante de las narices, y que sea lo que Dios quiera. Ante todo, la pantalla del portátil, naturalmente, con un cuervo de goma de muy mal agüero en una esquina. Detrás, a un palmo, está la pared, y colgado en ella un gran mapa de Europa del año mil, con naciones de diferentes colores tal como eran entonces, y unas flechas marcando las migraciones, invasiones y saqueos. Me gusta saber dónde estoy cuando escribo.

En ese mapa figura Al-Andalus, el Reino de León, Navarra, Catalunya y, desde luego, las Baleares, pero no España. De España, ni rastro. Hay muchos normandos de aquí para allá, y hasta búlgaros, pero españoles ni uno. Debajo del mapa tengo un calendario nuevecito de 2022, y al lado, clavado con chinchetas en la pared, un antiguo dibujo en colores del gran Pep Roig, en el que aparezco yo mismo, más jovencito, deambulando por una planicie con un audífono en la oreja del tamaño de un furgón blindado. Parece una cápsula espacial, tiene chimenea, antenas y unas ruedecillas para poder remolcarlo con la oreja; hasta le cuelga una jaula con un pájaro amarillo, acaso un canario gordo para avisar con sus trinos. Me gusta ese retrato costumbrista; hasta yo, con aspecto huraño, me gusto si me ha dibujado Pep. En fin, que me levanta el ánimo tener eso delante de las narices.

A la derecha hay una fotografía de mi nieta a los tres años, sosteniendo una tortuga griega en las manos, y algo más atrás, sobre un montón de papeles y libros, mi cuerva de peluche Lola. Demasiados cuervos, dirán. No. Los que vemos perfectamente lo que tenemos delante de las narices, siempre vemos muchos cuervos. Y hasta los escucho graznar, gracias a ese audífono. Y no les diré qué libros son esos. Chinos, seguramente, por la piedra de jade verde que ahora estoy viendo ahí.