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Es desolador coger el autobús o el metro de cualquier ciudad y ver infinidad de rostros pegados a una pantalla. Ya no se cruzan las miradas, a nadie le importa nada de lo que ocurre a su alrededor, a nadie le importa nadie que no diga algo por la pantalla o le dé al ‘me gusta’ en las redes sociales. Las nuevas tecnologías nos están convirtiendo en autistas emocionales que, empapados de individualismo y soledad, vamos de un lado para otro sin siquiera buscar ya ese encuentro que nos ilumine el día, que diría Sabina. Juegos, series, redes o whatsapps han colonizado nuestra forma de vivir. Hace solo unos años, no muchos, no hubiéramos creído a quien aventurara esta realidad que está convirtiendo nuestras vidas en heladas vidas virtuales.

Y ese proceso de despersonalización no solo ocurre con las pantallas. Llamar hoy a cualquier empresa o institución nos obliga a hablar con máquinas. Extrañas voces venidas de no sé dónde nos hacen una y mil preguntas que repiten una y otra vez entre músicas repetitivas y agobiantes que pretenden, sin conseguirlo jamás, endulzarnos la espera, la interminable espera de una voz humana con la que poder hablar. Todo está etiquetado, encerrado tras los números que esas voces maquinales nos dicen que apretemos si queremos tal o cual cosa. A veces, solo a veces, esas voces nos dicen que si queremos hablar con un operador esperemos. Confiados en que podremos hablar con un ser humano al fin, esperamos. Y seguimos esperando durante minutos que parecen horas y horas que no saben lo que significa el tiempo. Tras esa sempiterna espera no es extraño que esa voz maquinada nos diga que todos los operadores están ocupados, que lo intentemos más tarde y nos cuelgue el teléfono. Y nosotros lo intentamos más tarde porque no tenemos otra opción. Nadie nos da otra opción.

Hartos y cabreados acabamos por dejar de intentarlo y cogemos ese bus o ese metro que nos llevará a la ventanilla donde un ser humano puede darnos ese papel que necesitamos porque a alguien, hombre o máquina, se le ha ocurrido que lo necesitamos. De nuevo los rostros pegados a las pantallas nos advierten que nuestra empresa no será fácil. Llegados a la puerta de esa institución a la que sí o sí debemos acudir, nos damos de bruces con el desangelado cartel colgado en la puerta que dice ‘No se atiende sin cita previa. Puede solicitarla llamando al número…’ En la antigua Roma a los cristianos los arrojaban a los leones. A los ciudadanos de cualquier ciudad de hoy, nos arrojan a máquinas que devoran el calor humano, nuestra paciencia y el sentido común.