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Creo que todos los españoles hemos oído alguna vez aquello de «las cuentas claras y el chocolate, espeso», en boca de abuelas y tías. Porque hace cincuenta, cien años, la gente era muy consciente de cuánto tenía, cuánto debía y a quién. Mantener viva una deuda era algo casi denigrante en esa sociedad del pasado, intentaban devolverla enseguida y olvidarse, porque de otro modo era una carga, económica y moral, tan pesada que nadie la deseaba para sí ni para su familia.

Esto fue así durante gran parte del siglo pasado. Pero, superados los años ochenta, se produjo una algarabía financiera nunca vista. Barcelona 92, la entrada en Europa y los sucesivos gobiernos socialistas de Felipe González y conservadores de Aznar crearon una simulación de modernez, alegría de vivir y derroche que nos ha traído hasta aquí. No fue mucho tiempo, pero ha dejado una huella indeleble.

El estallido de esa burbuja, hace ya catorce años, nos salpica todavía y temo que lo haga aún durante varios años. Por eso sorprende que las autoridades sigan empecinadas en esa senda del despiporre gastador. Los Presupuestos del Govern para 2022, el año de la recuperación plena dicen, contemplan un endeudamiento de 1.200 millones de euros. El Ejecutivo autonómico dispondrá de 6.300 millones, por lo que el veinte por ciento se irá por el sumidero de la deuda. Pero, ojo, este dineral se destinará a amortizar la deuda con los bancos. Es decir, se pide un préstamo para pagar otro anterior. Una maniobra bastante habitual entre los que nos dirigen, pero que a ninguno de nosotros se nos ocurriría, porque solo sirve para perpetuar hasta la eternidad esa carga que tanto rechazaban nuestras abuelas.