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Nunca como aquí y ahora se ha mentido tanto desde el poder. Nunca la mentira ha sido tan reiteradamente esgrimida con tanta desfachatez. El poder sigue el método más fácil, y cuando le conviene censura y manipula. Y cuando la verdad se abre paso y se hace pública con la dificultad y timidez de aquello que se sabe en minoría, el poder inunda los medios y las redes sociales con noticias contradictorias que son creídas a pies juntillas por la buena fe, la ignorancia o la afinidad ciega pero que, desde el eco conseguido llegan a la masa, instaurando la duda sobre esa verdad incómoda que ha saltada las barreras de los nuevos inquisidores.

La desembocadura de la actual situación es el triunfo de la desinformación sobre la información, de la mentira sobre la verdad. Se trata de que unos pocos, quienes conforman el poder, decidan de lo que se hablará cada día en los medios, es decir de lo que es relevante o no lo es, de lo que nos conviene saber o es preferible que ignoremos. La verdad ha muerto y su vacío conduce al totalitarismo.

Cuando la mentira resulta algo natural es que la sociedad está enferma, y suele llevar al enfrentamiento y al caos, y nadie se moviliza para denunciar el fatal avance de la mentira.