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Cuando aquel día me dispuse a ir a comprar, salí a la calle y al poner el pie en la plaza que separa mi casa del supermercado, me di cuenta de que habían puesto un escenario elevado en el centro de la explanada, unas mesas informativas en un lateral y unos paneles ilustrativos con fotos antiguas con el título ‘Serralta té història’, que narraban gráficamente el pasado del barrio Camp d’en Serralta. Mi plaza. Mi barrio. Por unos instantes pensé que se trataba de una celebración, alguna festividad del santoral que se me había pasado. Así que me acerqué a una de las mesas improvisadas y pregunté con curiosidad documental qué eran lo que celebraban. Una joven, imitando mi ingenuidad, me dijo que era un reclamo institucional para visibilizar la barriada. Sonreí al escuchar el título de la composición mientras aquella chica me ofrecía una bandera azul en la que se leía: ‘Orgull Serraltí’. Amablemente me animó a que la pusiera en la ventana de mi casa. Fue en ese momento cuando miré a mi alrededor, realicé un recorrido visual de la plaza y diseñé mentalmente la confluencia de calles que formaban el barrio. Gracias, le dije, no acostumbro a colgar banderas.

Cuando regresaba con la compra, volví a cruzar mi plaza en diagonal. Se había concentrado un buen número de gente. Algunos discutían sobre las imágenes en blanco y negro que ilustraban los paneles mientras un grupo de mayores contemplaba el pasear del personal y un grupo de menores se había citado en el parque infantil. La plaza estaba llena de gente de todas las edades. Fue en ese momento cuando realmente me sentí orgulloso de vivir allí. Volví a la mesa de las banderas y le pedí una a la chica que media hora antes, sin saberlo, me había dado una lección de identidad. Gracias, Naüm. Gracias, Serralta. Hoy en mi balcón ondea la bandera Serraltí.