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A propósito de la última bronca parlamentaria a cuenta del décimo aniversario de la disolución de ETA –si es que se puede llamar parlamentarismo al farfulleo, al berreo, al rebuzno y al coceo–, nuestra muy pedestre y fosilizada derecha nacional vuelve a enseñarnos la patita y nos muestra que con tanto amor por la Patria –siempre en mayúsculas, cabra incluida– no hay tiempo para la lectura, ni siquiera la de nuestros clásicos. Lástima, porque sabrían, como recomendaba Gracián, que hemos de proceder de tal manera que no nos sonrojemos ante nosotros mismos. Y lo suyo eleva el bochorno a cotas inalcanzables. Antes bien, y cómo no, siguen encasquillados en el mantra, tan goebbeliano, de que una mentira repetida una miríada de veces puede llegar a parecer verdad. Algo así como la evangélica transmutación del agua en vino; o en vinagre, como es el caso. Cansa ya tanto desbarre sin argumentario alguno. Como lo de Cuca Camorra, portavoz del PP, que suelta sin despeinarse –y sin que se le escape la carcajada, que es lo más difícil– que la socialdemocracia consiste en bailar con Bildu y normalizar a Otegi. Cuánta perra con el cadáver de ETA, cuántas ganas de que resucite para así poder tener un algo a lo que agarrarse. Si Dios no existe, habría que inventarlo, dijo Voltaire, y en eso se resume el pataleo de PP, Vox y Ciudadanos. Y en éstas nos llega Villarejo y va, coge y larga que al rey emérito le inyectaban hormonas femeninas para rebajarle su desmadrada libido. Y es que no salimos de la corte de los milagros. ¡Qué país!