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Ésa es la Iglesia de la que formo parte. Me alegra recordarla hoy que se celebra el Día del Domund. Saludo a los misioneros y misioneras que trabajaron o trabajan en tierras lejanas. No solo a aquellos que de nuestra isla se fueron al extranjero, sino a aquellos que del extranjero van viniendo a nuestra isla para hacer, en nuestra tierra, lo mismo que nosotros hicimos en la suya: anunciar el mensaje de Jesús de Nazaret.

De mi Iglesia me apenan sus miserias y me alegran sus maravillas. Tantos delitos cometidos en su seno convierten el drama en católico y sé que la penitencia debe ser universal. También sé de la integridad de miles de católicos que hoy, en distintos países del universo, son masacrados por serlo, su fidelidad hasta el martirio no retrocede ni un centímetro ante la crueldad de sus verdugos. Vomito la equidistancia de los neutros porque mal y bien no son en absoluto equivalentes. Pero igual vomito ese hábito cultural, introducido como políticamente correcto, de quienes en la balanza de la información exponen toda su fascinación por la negatividad en un platillo, y debido a la irritación que les produce la positividad dejan vacío el otro platillo. Atengámonos a los hechos. Lo negativo católico es real; lo positivo católico, también.