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Era muy pequeñajo y recuerdo a mi padre dale que te pego hablándome de unas islas que unían América y Rusia. Y yo, que no –siempre fui con el no por delante como primera opción–, que eso no podía ser; que cómo iban a comunicarse (y menos por unas islas) América y Rusia si una estaba a un lado del mapa, a la izquierda, y la otra a la derecha. Ni la vista a una bola del mundo me aclaraba las cosas pues el eje siempre coincidía con ese espacio que debían ocupar las Islas Aleutinas, que así se llamaba ese corredor entre continentes que no cabía en mi cabeza. Esa historia que tenía oculta, y de la que creo no había escrito (ni hablado) nunca, despertó en mí, como el famoso dinosaurio, el pasado sábado. Una hora antes de su presentación, una amiga me puso en las manos el libro Corfú, Cabrera, Martinica. Breviari d’illes i miratges de Miquel Àngel Llauger (Lleonard Muntaner Editor, 2021), una pequeña gran maravilla sobre las islas que existen y las imaginadas y que se fija en el modo de ser de las personas por el hecho de haber nacido en unas islas o estar seducidas por ellas. Igual que existe el mal de Montano (que le lleva a vivirlo todo en clave literaria), Llauger recuerda la islomanía, que definió Lawrence Durrell. se confiesa islomaniaco desde que nació. Gran acompañamiento ese librito isla para estos días. Es fácil identificarse con lo que cuenta el autor y con sus juegos de palabras. Cuesta poco recorrer con él islas nombradas y otras que deja para mejor ocasión. La isla de Robinson Crusoe, por ejemplo, pero también Liliput (que es una isla) o los planetas y asteroides del Principito. O la Isla de Nunca Jamás, de Peter Pan. Pero que cite a la Ínsula Barataria me dejó patidifuso. Las veces que me habré sentado con Sancho Panza (su estatua), frente al río, en Alcalá de Ebro. Queda clara mi respuesta a esa pregunta típica sobre qué libro te llevarías a una isla desierta.