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sueca concedió hace días el Nobel de Física a tres científicos por «su aportación a la comprensión de los sistemas físicos complejos», pero la prensa y televisión, a fin de sintonizar mejor con la actualidad, simplificó la complejidad y convirtió a los premiados en climatólogos del cambio climático, expertos en la responsabilidad humana en el proceso.

Si Bob Dylan ganó el Nobel de Literatura, por qué no el de Física para tres doctos meteorólogos, cavilé. Parece lo adecuado, lo mediático. Pero la complejidad es más compleja y cuando al día siguiente indagué un poco, la cosa ya se fue complicando satisfactoriamente. Dos de los galardonados, el japonés Syukuro Manabe y el alemán Klaus Hasselmann, estudiosos de sistemas caóticos aparentemente aleatorios y azarosos, sí que crearon modelos climáticos precisos, demostrando ya en los años sesenta y setenta del siglo pasado cómo el aumento de los niveles de CO2 provocaba la subida de temperaturas. Esto es muy meritorio porque si hoy en día está confirmado no sólo por los científicos, sino también por los cantamañanas y los videntes, y todo el mundo sabe que si este año hay pocos raors (ese pez con cara de tonto) es por la subida de la temperatura del mar, hace medio siglo parecía cosa de pirados. Como prueba lo mucho que hemos tardado en reconocérselo. El tercer premiado, el italiano Giorgio Parisi, es otra cosa. Físico en teoría cuántica de campos y experto en desórdenes complejos, se le galardona por «el descubrimiento de la interacción entre el desorden y las fluctuaciones en los sistemas, desde la escala atómica a la planetaria».

Que lo sabe todo sobre desórdenes complicados, en fin, y sus hallazgos de pautas en sistemas caóticos y azarosos no sólo son útiles en climatología, sino en matemáticas, biología, física, psicología y cualquier ámbito con tendencia al desorden, que son todos. Politólogos, sociólogos y economistas listos también podrían recurrir a Parisi, razón por la que al italiano no le ha correspondido un tercio de los 10 millones de coronas del Nobel, sino la mitad. Y la otra mitad a repartir entre los sabios más climáticos. Sí, el Nobel también es un desorden muy complejo.