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Durante semanas, los prisioneros de la peste se debatieron como pudieron. (…) Y algunos (…) llegaron incluso a imaginar que seguían siendo libres (…) La peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste», cuenta el relato de Albert Camus. Entonces, las ratas hicieron visible la epidemia. En nuestro caso, el virus ha sido invisible.

Desde que el hombre vive en sociedad, que supuestamente ha sido siempre; con la cercanía se ha producido el contagio de las enfermedades y con ello la multiplicación de infectados. Las peores pandemias históricas han sido de peste negra y de viruela. Actualmente, la COVID-19 ya está remitiendo.

La alegría ha vuelto, pese el recuerdo inolvidable de las muertes, que en el mundo han sido ya más de cinco millones; a cuya cifra, si queremos evaluar correctamente las consecuencias, hay que añadir los difuntos mercantiles del virus; aquellos que salvaron la vida, pero perdieron el patrimonio.

En España se adoptaron medidas que no escatimaron los daños colaterales, como el confinamiento preventivo de toda la población; con cierre de la economía y dos estados de alarma que incluyeron la suspensión de las sesiones parlamentarias de control al ejecutivo. Decisiones declaradas inconstitucionales por el Tribunal Constitucional. Un auténtico bombazo. Para pulverizar al Gobierno. Aunque al actual Ejecutivo está visto que nada le afecta. Resiste, mintiendo si hace falta. Total, no se le piden cuentas por ello.

Nuestra sociedad se ha vuelto insensible e incomprensiblemente permisiva con ese Gobierno. Parece esclerotizada. No importa ya si hubo un tiempo que las funerarias no daban abasto… Ya pasó… ¡Está perdonado! Ni si la comisión de expertos, que el Gobierno dijo le asesoraba en la toma de decisiones sanitarias, nunca existió. ¡Perdonado también! Ya empieza a escucharse el bullicio de la nueva normalidad, de la alegría de vivir, que sin embargo no se sabe amenazada.

Albert Camus, en sus últimas palabras de La peste, lo expresa magistralmente así: «Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, (…) tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues (…) sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba (…) que el bacilo ni muere ni desaparece jamás, (…) y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad feliz».