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Acaba el verano al fin. Empezamos el otoño ampliando nuestro léxico a golpe de desgracias. Con el volcán de La Palma, con la brutal belleza de sus imágenes, que tan bien describiera Goethe cuando una de las erupciones del Vesubio le pilló de visita en Nápoles, nos llegan palabras recónditas como cono, fumarola o colada. Ya nos pasó con la pandemia o con la crisis de 2008.

Pero no sólo el volcán nos da espectáculo. Las peripecias del atribulado Puigdemont, que no sabe dónde poner el huevo, causan bochorno. No sé bien qué llama quiso mantener viva con su huida, pero cierto es que lo que provoca es vergüenza ajena en aquellos que aún tienen conciencia moral y política. Esta nueva versión del Ausente da un poquito de grima.

Otro que va provocando el estupor allá donde pisa es el inefable Aznar, enmendándoles la plana a López Obrador y el mismísimo papa Francisco. Los mejicanos han estado presto al quite y se han dado cuenta que lo de la zeta de su apellido es un ardid, ya que en verdad se escribe con ese. Más que hablar, ese hombre rebuzna. Y del papelón de doña Ayuso, mejor no comentar.

Sube la luz, sube el gas, sube la inflación por el gas y la luz y suben las víctimas por violencia de género: 40.160 casos entre abril y junio, un 20,4 % más que las que hubo el año pasado en las mismas fechas. La tasa media estatal de la violencia de género, medida por 10.000 mujeres, se sitúa ya en el 16,6 %, y a la cabeza de este luctuoso ránking se encuentra Baleares, con el 25,7 %. Algo habría que hacer.