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En mi incansable queja contra las malas costumbres que estamos adquiriendo en los últimos tiempos tuve días atrás la ocasión de fijarme en el cada vez más extendido uso de las tarjetas de pago. Una forma de abonar lo debido que en nada beneficia al ciudadano y sí a ese gran dinero que entidades bancarias y grandes corporaciones obtienen, aprovechando su candidez.

Pagar con tarjeta sale más caro, y hay sobrados estudios al respecto, pero muchos, erre que erre. Y entre los más perjudicados encontramos a aquellos que antes se sacaban un sobresueldo a cuento de las propinas. El cliente paga con tarjeta, se hace el despistado y no deja nada, ni redondeo, ni puñetas. El camarero, frustrado, al igual que el mozo, el repartidor, y tantos otros. La propina lleva alegría desde su origen, del griego ‘primo’, beber, algo que queda clarísimo en su versión francesa, propina= ‘pourboire’. La propina revela generosidad social y creo que así debiera entenderse. Claro que también los hay que juzgan que resulta antisocial ya que justifica un mal sueldo, cuando lo cierto es que lo completa. Lo que ocurre es que quienes más propina podrían dar suelen mostrarse muy rácanos al respecto.

Del duque de Westminster se cuenta que salía a la calle sin sombrero a fin de evitar el tenerle que dar propina a los guardarropas. Aún más curioso es lo de Proust, que una noche llegó a pedir prestado un billete al portero del Ritz, para luego dejárselo de propina. Por cierto, me recuerda a un amigo del pasado que primero me pedía prestado un dinero que, tanto yo como él, sabíamos a fondo perdido, para luego invitarme a comer. Pero bueno, dejemos al duque, a Proust y a mi amigo, olvidémonos de las tarjetas, y demos propina.