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Tras un par de años escuchando y leyendo desmesurados elogios, a nivel de joya cinematográfica y obra maestra, de El Irlandés de Martin Scorsese, al final decidí echarle un vistazo en Netflix, y sólo aguanté tan horrible experiencia media hora (dura casi cuatro). Lejos de mí hacer una crítica cinematográfica; esto va de desastres tecnológicos, y de cómo los efectos digitales, que a punto están de acabar con el cine, han vuelto loco incluso a Scorsese.

Un director de pelis de gánsteres (lleva toda la vida haciéndolas, con De Niro), para quien el cine es una religión, algo transcendente, y goza de tal prestigio artístico que a su paso críticos y cineastas caen de bruces y golpean el suelo con la frente, en señal de respeto. Ah, la magia del cine. Scorsese nunca consiguió realizar la mejor peli de gánsteres (la hizo Sergio Leone), pero lo intentaba. Hasta que colisionó con esa tecnología digital rejuvenecedora, que mediante ‘datos faciales basados en marcadores infrarrojos’, aspira a mostrar los personajes desde los 24 a los 80 años. Qué calamidad visual.

«Qué calamidad visual. Lejos de mí hacer crítica cinematográfica; esto va de desastres tecnológicos»

De Niro debería demandar judicialmente a su director fetiche, porque ni viejo ni joven era él. Era un monigote. Por favor, eso no se le hace a un amigo. Ni siquiera lucía su famoso lunar en el pómulo; a veces se veía una leve manchita, a veces no. Menudo sacrilegio artístico. Innecesario además, porque en Érase una vez en América, la mejor peli de gánsteres de la historia, ya envejecía más de 30 años por el procedimiento de toda la vida, y estaba estupendo: Horas de maquillaje. Incluso salía de chaval de la calle (con su lunar), también por el clásico sistema de encontrar un actor juvenil para hacer de golfillo que leía Martín Eden en el retrete. Magnífico, ese sí que era De Niro. Pero Scorsese es un perfeccionista, y como ahora la perfección es digital y tecnológica, allá que se cayó con todo el equipo. Valiente porquería de obra maestra le salió.

Aguanté más de media hora, hasta que apareció Al Pacino, también totalmente deformado, haciendo del legendario sindicalista Jimmy Hoffa, y ahí dije basta. Esto no es una crítica cinematográfica. Hablo de desastres tecnológicos. Crímenes culturales. Y otro día, más.