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No seré yo, víctima de una acusación semejante con el consiguiente ‘borrado de la memoria’, quien se atreva a juzgar a Novell por su renuncia a presidir la Iglesia en Solsona. Sólo puedo expresar mi respeto y mi sincera comprensión. Al margen de cualquier otra consideración, me importa la persona, y su entorno más cercano, que ahora está sufriendo la situación. No echaré, en lo personal, leña al fuego. A él le pertenece su intimidad. Y a nosotros, solidarizarnos con su dolor.

Dicho lo anterior, tampoco se debe esconder la cabeza bajo el ala y hacer como si no hubiese sucedido nada o remitirlo todo a lo personal. Al contrario, los hechos, más allá de posibles invenciones morbosas y del habitual cotilleo, están ahí, acusadores, máxime dada la nefasta gestión de la renuncia (José Lorenzo, RD). No vale el mirar a otro lado ni tampoco basta el silencio cómplice y encubridor. Urge siempre la transparencia.

La Iglesia, dado que llueve sobre mojado, no debería olvidar que, ni en estos casos episcopales y ni en otros escándalos eclesiales, el secretismo sólo sirve para verse señalada con el dedo de encubridora. Es obligado, en consecuencia, dirigir la mirada a la Iglesia institucional y a sus representantes oficiales. Frente al intento manifiesto de exonerar a la Iglesia de lo ocurrido, creo, por el contrario, que es la verdaderamente culpable y responsable. Por ello, aunque no sea grato, se impone una reflexión, en profundidad, sobre ciertas negligencias que se advierten y sobre cierta dejación concurrente de funciones, a nivel general y particular.

Si damos por buena la versión acerca de Novell, ofrecida por diferentes opinantes de crédito (Sor Lucía Caram, José Lorenzo, Bastante, RD), su perfil personal presentaría caracteres muy complejos con dosis claras de desequilibrio emocional, de inconsistencia, de inmadurez, de debilidad psicológicas. Muy cambiante y mudable (contradicciones) e introvertido (muy encerrado en sí mismo). Tanto es así que se ha hablado de que «se cansó de su papel» (Bastante, RD), de ser obispo, o de «no estar en sus cabales» (Sor Lucía Caram, RD). Todo ello coloreado por la frecuente práctica de mendaces exorcismos, por la defensa y apoyo de terapias de conversión sexual, destructivas según Francisco, a las que, incluso, él mismo se abría sometido (Ibidem, RD). Ni que decir tiene, ha mutado a persona muy conservadora e intransigente (rígida).

Pues bien, ante esta realidad personal, que no es fruto de un instante sino que conlleva todo un proceso en el tiempo, no es extraño que la gente, se formule algunas preguntas: ¿Quiénes avalaron, al más alto nivel, a Novell como sacerdote idóneo para el episcopado? ¿Cómo es posible, incluso abstracción hecha de sus posiciones políticas, que un sacerdote con tales connotaciones haya podido sortear los filtros existentes para verificar su efectiva idoneidad? ¿Qué poderoso valedor defendió su candidatura para que ésta triunfase de hecho? ¿Tuvo algo que ver la política con su nombramiento? No parece creíble, ni mucho menos, que tal sintomatología no se hubiese manifestado, de alguna forma, con anterioridad a la vocación episcopal. Y, si así fue, ¿quién la veló y difuminó? Y si, ya cometido el desaguisado, la propia Iglesia, en un momento dado, «le ofreció todo tipo de ayuda para recuperar su salud mental y emocional» (Sor Lucía Caram), ¿por qué no se adaptaron las medidas oportunas en bien de la comunidad de creyentes que presidía?

A decir verdad, no soy tan ingenuo como para confiar en una respuesta romana a tales interrogantes. Roma parece seguir reñida con la transparencia. Ya debería haber hablado. Me temo que todo se cubrirá con el manto del silencio. Y, si te he visto, no me acuerdo. ¡No tienen remedio!

No obstante, ni la Nunciatura ni la Congregación para los Obispos están libres de responsabilidad. Las cosas, en materia de tal trascendencia eclesial, no pueden hacerse tan mal. No es creíble que sus hermanos en el episcopado, sobre todo en Cataluña, no estuviesen al corriente. Y, sin embargo, callaron.