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Como si el mundo no fuera con él, el conductor de un camión decidió echar el freno justo en frente de un semáforo. Poco después de detener el vehículo y activar los cuatro intermitentes, su acompañante abrió la puerta y con parsimonia se dirigió hacia una panadería. El ensordecedor ruido de los claxons apenas inmutó al chófer y su acompañante, que después de unos largos minutos, regresó a la cabina aprovisionado con un par de botellas de agua.

Durante el proceso de avituallamiento, el caos que se formó en una de las principales vías de Son Dameto fue bíblico. El semáforo llegó a cambiar de color unas cuatro veces, pero nada logró que el conductor del camión decidiera moverse y apiadarse del contingente de coches y motos atrapados en la calle de Salvador Dalí.

La escena es un clásico. Un día cualquiera en Palma, una ciudad en la que respetar las normas de tráfico más simples lleva camino de convertirse en anécdota. Al igual que toparse con algún policía que ponga algo de orden. El decorado definitivo lo adornan los patinetes, que pueden aparecer en cualquier lado y en cualquier dirección, algunos repartidores de comida rápida enfurecidos y ciclistas indomables.

El paisaje es selvático. Conducir por Palma se ha convertido en una aventura que requiere paciencia y reflejos casi a partes iguales, aunque quizás todo responda a una estrategia de Cort, en connivencia con la propia Policía Local, para que la gente lance al mar las llaves de sus coches y decida andar. No lo duden, el polémico ‘Palma Camina’ será una realidad antes de tiempo. Y sin peatonalizar calle alguna. Camina o revienta.