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La actual reforma educativa parece que está al servicio de un proyecto político, con unas ideas muy claras sobre la igualdad entre los alumnos, de tal forma que el maestro debe bajar el nivel, hasta tal punto que los suspensos tendrán un valor. El antiintelectualismo vuelve a estar de moda.

La ignorancia se está convirtiendo en un valor social, incluso con una pose con aires de superioridad moral, dice en su libro Conversaciones con mi maestra. Dudas y certezas sobre la educación, Catherine L’Ecuyer, y añade: «¿Qué hacer en una clase de 30 alumnos en la cual hay cinco con más dificultad? ¿Hacer que 25 aprendan menos, para que todos sean iguales y tengan las mismas notas? ¿Eliminar las evaluaciones para que los cinco no se frustren? Yo creo en la igualdad de oportunidades, no de resultados».

La idea es quitar importancia a todo lo que suene a educación clásica. No es sólo por afán de rebajar las exigencias, sino también porque los intereses educativos están cada vez más alineados con aquellos que los poderes políticos y económicos ven útil. Nivelar por la base no ayuda a alcanzar la igualdad, sino todo lo contrario. Por otra parte, los alumnos tienen derecho a que se respete su libertad, y la igualdad va en contra de la libertad, porque los seres humanos no somos iguales, sino distintos, y en esta distinción está la libertad de cada uno.