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He de reconocer que los Ig Nobel concedidos por la Universidad de Harvard me han decepcionado. No negaré que alguno de los premios que destacan esfuerzos científicos de lo más peregrino tienen su gracia; por ejemplo el que celebra la investigación acerca del orgasmo y su acción benéfica sobre la descongestión nasal, o el concedido al estudio que analiza los tratamientos para acabar con las cucarachas en los submarinos, o aquel otro –que por galardona a un equipo de la Universidad de Valencia– que ha logrado identificar las distintas especies de bacterias presentes en los chicles pegados en el suelo de ciudades de varios países.

Pero, francamente, el dejarse pasar toda la interminable serie de insensatas investigaciones y recomendaciones científicas que ha generado la pandemia, me parece casi imperdonable. Espigando en las majaderías a las que han dedicado su tiempo, autoridades políticas desorientadas, expertos epidemiólogos ídem, policías de criterio delirante, jueces a los que les ha costado entrar en razón, o periodistas metepatas, lo cierto es que habría para entregar Ig Nobel a mansalva. La conversión del Estado providencial en Estado policial, otra investigación insólita a la que entregarse. La trasmutación de los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) en sospechosos de perniciosa globalización, en mágicos proveedores de teletrabajo, teletransporte o televigilancia, daba para un filón de comentarios jocosos.

Mención aparte merecería el análisis del comportamiento neuronal del filósofo (!) Bruno Latour, responsable de la propagación de la insigne estupidez que consagra la aparición del virus como una «ocasión maravillosa». Sin comentarios.