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Los días del saldremos mejores, el eslogan publicitario mediante el que se pretendían ocultar las carencias de medios para hacer frente al virus, han de dejar un profundo poso de frustración y desengaño en todas cuantas personas se lo creyeron que sin duda fueron muchas. Los aplausos vespertinos que conjeturaban aquella esperanza no se han hecho realidad y las razones no son de atribución exclusiva a la pandemia. El poder político, todos los actores de la política, tienen una buena parte de responsabilidad.

Sin necesidad de remontarse a la alerta antifascista gritada por Pablo Iglesias cuando la izquierda perdió posiciones en Andalucía, la inexistente manifestación de homofobia sucedida días pasados en Madrid ha originado una feroz campaña de acusaciones contra una parte del espectro político con participación activa del propio gobierno de Pedro Sánchez junto a los colectivos de guardia permanente ante tales situaciones. Solo que en este caso ni se ha esperado al conocimiento exacto de los hechos. Era más aprovechable la instrumentalización política del suceso con el maniqueísmo habitual: izquierda buena, derecha mala y homófoba. Al comprobar que no había encapuchados ni odio al homosexual, sino que las lesiones del joven eran el resultado de una relación consentida, no ha habido ni explicaciones ni disculpas. Queda el ridículo gubernamental y el perjuicio al trabajo por la normalización de cualquier tendencia sexual de las personas.

Qué lejos de ser mejores cuando la violencia ha devenido diversión de fin de semana. No es un fenómeno propio únicamente de las reuniones multitudinarias de jóvenes para beber en la calle que han incorporado el enfrentamiento con las fuerzas del orden como plus de jarana. La Policía y la Guardia Civil han detectado grupos de turistas llegados con la finalidad de dedicarse al vandalismo. La quema de sombrillas y hamacas en la playa es un incidente reciente o el caso extremo del joven holandés asesinado a golpes por un grupo de compatriotas para quienes la fiesta era aporrear al prójimo. Con todos los peros que se le quieran oponer, que un diputado del Congreso nacional, Gabriel Rufián, de voz a una siniestra señora para quien los de Vox merecen la muerte, sin reacciones airadas generalizadas, configura un escenario en el que ideas fundamentales como tolerancia, respeto, concordia, se encuentran arrinconadas en el último recoveco del desván. Ítem más: que un elemento que debería formar parte de la cotidianidad, sin mayores consideraciones, como la factura de la luz sea hoy el primer factor de irritación colectiva, particular y empresarial, añade una tensión ambiental que los compromisos del presidente Sánchez para invertir la dinámica de precios al alza no consiguen paliar, porque a estas alturas confiar en Pedro Sánchez exige un acto de fe inquebrantable. De ahí que la iniciativa de la presidenta Francina Armengol de convocar a los partidos políticos para hablar de la situación de Baleares debería ser saludada con ánimos renovados. Si fuera creíble. Porque a no mucho tardar, en el próximo debate de la Comunidad, las descalificaciones reemplazarán de nuevo a las supuestas intenciones. En 1928 escribía Manuel Chaves Nogales: «Lo peor del mundo es ignorarse los unos a los otros, el negarse». Tenía razón.