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Supongo que ya habrán leído la noticia: Una pareja de recién casados de Chicago ha enviado una factura de 240 dólares a todos los invitados que no se presentaron al convite de su boda a pesar de que dijeron que sí lo harían. Supongo también que tras leerla pensaron lo mismo que yo: ¿acaso la factura no venía ya con la invitación? ¿Para qué se supone que es entonces el número de cuenta corriente que normalmente viene también dentro del sobre en una tarjeta aparte? Y otra cosa me pregunto: ¿qué pasa con todos esos que sí fueron al convite a gritar vivan los novios y que se besen pero luego se lo dejaron todo en el plato? De esa gente a la que nunca le gusta nada de lo que le ponen se ve también mucha en las bodas.

Las bodas, como los funerales, han tenido desde siempre el mismo problema. Para empezar, acostumbran a caer todas en días de partido.

Los funerales, de Champions. Las bodas, de Liga. A mi, que recuerde, no me han invitado jamás a una boda a la que me haya caído bien ir. O me caía mal el día, o me caía mal el lugar, o me caían mal los novios.

Con lo funerales tienes al menos el consuelo de que después te vuelves a casa: no te tienes que ir a comer un menú que no has elegido tú a un lugar que no has elegido tú con gente a la que no has elegido tú. Eso y que todavía son gratis.