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En estos momentos ya son varias las potenciales occidentales que han terminado su salida de Afganistán. Los operativos han facilitado la salida a una parte insignificante de los afganos horrorizados ante la victoria del régimen talibán. Debo confesar que, en estos días, me he puesto mil veces en la piel de los afganos que habían podido palpar la libertad y que ahora suplicaban a las potencias occidentales que no les abandonaran.

Pero para aquellos que, como yo, nos opusimos a la intervención de la Unión Soviética en Afganistán (inicio de muchos desastres ulteriores); que, de la misma manera, nos opusimos a las intervenciones de la OTAN en Afganistán; que nos opusimos a la Guerra de Vietnam; que nos opusimos a la intervención en Libia; y que nos opusimos la invasión de Iraq (auspiciada por Aznar en el famoso trío de las Azores), no sería de recibo que la salida a la actual tragedia afgana fuera la enésima reedición de un nuevo episodio bélico.

En todos estos conflictos, las potencias occidentales han fracasado estrepitosamente: perdieron en Vietnam, sustituyeron a Gadafi por un Estado fracasado e ingobernable, perdieron en la guerra contra Irak y acaban de perder en la guerra de Afganistán.

No soy un pacifista radical porque creo que los pueblos tienen derecho a levantarse frente a la tiranía. Pero también estoy convencido de que, en un mundo cada vez más complejo y global, es imprescindible ir guardando los misiles y fomentar de verdad y decididamente la paz y los derechos individuales y colectivos.