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Agosto es un mes en el que se celebran muchísimas fiestas patronales en pueblos de toda la geografía española. En las capitales vascas son fechas marcadas en rojo en el calendario con motivo de sus divertidas Semana Grande.

Este año, como el pasado, se han suspendido a causa de la pandemia, pero parece que hay un porcentaje –confío en que mínimo– de la juventud de allá que no quiere enterarse o que tiene un concepto de la diversión muy peculiar. Circulan vídeos en las redes sociales que transmiten una imagen inverosímil de Donosti, que siempre ha sido una ciudad elegante, afrancesada y tranquila. Grupos de chavales incontrolados, borrachos y agresivos, destrozando escaparates de tiendas de moda para robar mercancía. Imágenes que recuerdan a esas trifulcas que se organizan en algunos puntos de América Latina cuando se producen crisis de abastecimiento o en Estados Unidos, cuando los disturbios policiales acaban en saqueos. Nunca habíamos visto nada parecido en nuestro entorno. Y resulta increíble porque, precisamente, esa generación que decide destruir la propiedad ajena y robar con descaro cuanto se pone por delante es la más mimada de la historia de la humanidad. Adolescentes y jóvenes que no han escuchado más que un «sí, cariño» por parte de madres, padres, profesores y abuelos. Han tenido la mala suerte de toparse con una epidemia vírica mundial, sí, que les ha fastidiado un par de veranos y unas cuantas fiestas, viajes y conciertos, sí. Pero pueden considerarse afortunados si no han perdido a ningún ser querido en el transcurso de esta plaga. Su respuesta ante la adversidad es emborracharse, perder el control, sacar de las entrañas la violencia y la agresividad que –espero– mantienen contenida de forma habitual y destruirlo todo a su paso.

El Gobierno vasco, que ha tenido que lidiar con la violencia política durante décadas, considera que esto no es más que «hedonismo veraniego que se produce a partir de ciertas dosis de alcohol». Estoy segura de que la inmensa mayoría de los jóvenes, vascos o no, son saludables, tiene ilusiones y luchan para alcanzar sus metas. Pero a pesar de eso habría que cuestionarse el hecho de que todos ellos se lancen en picado al alcohol –muchos a las drogas también– y al desfase en cuanto se trata de celebrar algo.