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Chulo es un calificativo que ha sido profusamente utilizado en el lenguaje político aunque siempre por lo bajini hasta que un dirigente empresarial, Bartomeu Servera, presidente de la Asociación de Empresas de Distribución de Alimentos (Adeb), lo ha elevado a titular periodístico para referirse a Francesc Dalmau, el concejal del Ayuntamiento de Palma de quien depende el buen orden, es un decir, de la circulación en la ciudad; y lo ha hecho en la acepción menos amable del diccionario, como sinónimo de altanero o soberbio, actitud por otra parte muy extendida entre la dirigencia política actual.

Todo ello viene a cuento de las nuevas limitaciones a la circulación impuestas por Cort en el centro histórico de la ciudad. Comenzaron por el cierre de la calle Unió y Plaça del Mercat y continúan con la amenaza de ampliación de zonas restringidas al tránsito rodado de buen número de calles de la zona, la de Sant Jaume como emblema de un pretencioso programa que el gobierno municipal denomina ‘Palma camina’ que está siendo ampliamente contestado por vecinos y comerciantes. El comercio del centro de Palma no ha dudado en acusar a Cort de buscarles la ruina con su política de movilidad. La reforma de la calle Nuredduna sería otro capítulo de la distancia entre Cort y sus administrados.

Las demandas de los distribuidores no parecen nada del otro mundo: que se respeten las zonas de carga y descarga y poder acceder a la Plaça del Mercat para abastecer a hoteles, bares y establecimientos comerciales. No es el único enclave conflictivo: desde hace año y medio, la Adeb viene planteando idéntica problemática en la Plaça d’Espanya y el Mercat de l’Olivar. Como muestra de protesta, los distribuidores han dejado sin suministros al barrio de la Plaça del Mercat durante dos días y han avisado que la medida será indefinida a partir del seis de agosto si no hay respuesta por parte del Ayuntamiento. El miércoles pasado la reacción municipal fue un inusitado despliegue policial y la denuncia de los camiones que no podían utilizar la carga y descarga. Distribuidores, por cierto, considerados como sector esencial durante los peores meses de la pandemia. A la vista del trato municipal suena a sarcasmo.

Los clásicos del municipalismo señalan que el éxito de una gestión se mide por parámetros elementales: calles limpias y bien señalizadas –es urgente una manita de pintura en buen número de vías de Palma–, luces encendidas, tráfico ordenado y que los servicios funcionen razonablemente bien, más que en extravagancias ideológicas del tipo transformar la ciudad a las que tanta querencia muestra la izquierda gobernante.

Ya puede Francina Armengol y su Govern, con Més y Podemos, sacar pecho en el Parlament porque hay temporada turística, afortunadamente, aunque sea en el mes pandémico con mayor número de contagios, y también hacer números y cábalas, incluso en forma de encuestas, acerca de sus ansias de mantenerse en el gobierno de las instituciones insulares si la administración municipal de la mitad del censo electoral de Baleares sigue empeñada en provocar el enfado de muchos ciudadanos por cada decisión que adopta, desdeñando a los clásicos del municipalismo. La ineptitud municipal de Palma puede convertirse en sinónimo de descalabro electoral.