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La fuerza del ‘bichito’ ha sido enorme. El virus ha tocado fondo, el fondo de nuestra mentalidad, de nuestro modo de pensar y de sentir. Al menos en dos sentidos. Uno, qué lejos queda el tiempo en que se nos llenaba la boca hablando de autonomía personal e independencia a ultranza, y de pronto, en el transcurso de la pandemia, nuestra boca se ha ido llenando del vocablo interdependencia, sintiendo que nuestra salvación dependía absolutamente de la conducta ajena. Otro, qué lejos queda el vocablo progreso y qué actual el de restricciones; qué lejos el de bienestar y qué actual el de vulnerabilidad.

La Ilustración nos movió a adorar a la ‘diosa razón’ cuando estábamos asentados sobre un fundamento más sólido, la docta ignorantia de Nicolás de Cusa; los enciclopedistas imprimieron multitud de enciclopedias del saber, cuando el mayor de los saberes ya había sido descubierto por el sabio griego: «Sólo sé que no sé nada» de Sócrates. Nuestro último siglo nos ofertó la medalla milagrosa de la innovación, pero la que de hecho nos ha vendido es la medalla anémica de la incertidumbre. Que la nueva normalidad tenga por base la dignidad humana de todos, pero ya no el orgullo de hombre alguno. ¿Orgullo? ¡Por favor! Ni el de los expertos.