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Cae el sol a plomo. Santa Margarita enciende el verano y como cada año el calor se convierte en una cosa húmeda y pesada que nos atonta, o bien en esa luz inclemente que nos agosta. Y entre sudor y jadeo, maldecimos lo que llevamos todo el año esperando.

Podría ser un verano más, un verano cualquiera. Pero no lo es.

La tarifa de la luz convierte un ventilador o un aire acondicionado en un artículo de lujo salvo que su motor esté parado. Nos dicen que si las eléctricas, que si los impuestos, que si las renovables y todo lo que no tiene que ver con la luz pero se paga. Pero al final, lo único que entendemos de ese recibo incomprensible, es el cargo inesperado en nuestra cuenta corriente.

Tampoco es un verano más porque nosotros, en Baleares, no inauguramos estaciones sino temporadas turísticas y después de la que no fue el año pasado, esperamos de esta que nos salve de la ruina anterior.

Así que, como esos campesinos que tras una cosecha fallida miran el cielo con el temor de que en el último momento una helada o una lluvia inesperada acaben con la siguiente, nosotros andamos pendientes de los datos de la pandemia, de las decisiones contradictorias de nuestros políticos de aquí y del humor de los ingleses, alemanes o de los de cualquier mercado emisor.

Pero sobre todo nos es un verano más porque, cuando hace un año imaginábamos haber salido de lo peor, resulta que vamos de cabeza a la quinta ola de esta pandemia maldita sin saber muy bien cómo hemos entrado y si sabremos o podremos salir.

Y una se pregunta de qué ha servido toda la experiencia anterior. Cómo es posible que enfrentados casi a la misma situación sólo que desde una posición mejor gracias a las vacunas, se vuelvan a cometer los mismos errores y se vuelva a las mismas soluciones que fallaron en el pasado.

Botellones, ocio descontrolado, relajación en las medidas de prevención ¿acaso alguien creía que este verano no iba a volver a ocurrir?

Y sí, el año pasado nuestro aeropuerto fue un coladero, pero no puede decirse que hoy la situación haya mejorado demasiado o que se haya afrontado la posibilidad del mayor tráfico de pasajeros con mayor sensatez.

El año pasado nos dijo Pedro Sánchez que saliésemos a disfrutar porque todo había pasado y pronto vimos que no era así.

Este año, por las mismas fechas, nos ha animado a quitarnos las mascarillas y sonreír, sonreír mucho.

Hoy no estamos muy seguros de tener motivos para hacerlo. La enfermedad, la incertidumbre, la sensación de que ni quienes nos gobiernan en Madrid ni en Baleares tiene la más remota idea de lo que hacer, nos pilla cansados y muy, muy hartos. Pero también con un temor a la enfermedad y a nuestro futuro que se está convirtiendo en crónico.

A pesar de todo, y por si esto se alarga, recordemos que cada una de nuestras islas es un pequeño paraíso. Así que disfrutémoslas mientras podamos. Feliz verano.