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La semana pasada, en esta misma columna, afirmaba que el sistema educativo de Baleares está en la ruina. No crean que es una afirmación fácil: yo doy importancia a lo que mis amigos y conocidos dicen de mí y tengo cuidado en no hacer aseveraciones disparatadas que me conviertan en objeto de chanza. Sin embargo, este no es el caso: desgraciadamente decir de que la enseñanza en Baleares es un desastre no es una exageración. Privadamente, la gente reconoce la catástrofe que las instituciones no quieren ver. Ni siquiera el Consell Escolar.

Hoy quería explicar por qué la educación es trascendente para un país; por qué es importante que nuestros jóvenes aprendan, adquieran conocimientos. O por qué este fracaso es una auténtica tragedia. Tras una educación de calidad está nada menos que la batalla por reducir los desequilibrios sociales, por romper el círculo de la exclusión, algo por lo cual amplios sectores de la sociedad se desgañitan a diario.

La educación es trascendental porque probablemente sea el único vehículo eficaz que puede permitir a los chicos de segmentos desfavorecidos salir del agujero y escalar socialmente; es una escalera que posibilita a los pobres la superación de su marginación; es la gran herramienta que nace de la revolución francesa y se convierte en sagrada en la Francia napoleónica. El círculo que ata a mucha gente a la miseria se puede romper con el estudio, con la adquisición de competencias, con el mérito. Por ello, los sistemas públicos de enseñanza son fundamentales –y, por cierto, gratuitos– precisamente para facilitar esta movilidad social. En sentido inverso, dejar que la educación se hunda es condenar a estos chicos a la pobreza y miseria. Sin la educación no hay forma de escapar a la condena de haber nacido en la exclusión.

Por eso, lo que está haciendo el sistema educativo balear es condenar a las familias humildes a seguir siendo pobres, porque nunca podrán salir de la situación en la que se encuentran.

Hay un matiz especialmente sádico, destructivo, injusto en el hundimiento de la enseñanza: los padres que se sacrifican por conseguir lo mejor para sus hijos. Yo soy especialmente sensible a este tema porque mis padres, que en esta maldita España no pudieron acceder a la enseñanza, se dejaron la piel para que yo tuviera esa oportunidad. Miles de padres, de extracto humilde, hacen un sobreesfuerzo para pagar la enseñanza o para renunciar al dinero que sus hijos podrían estar aportando a la casa, con tal de conseguir personas formadas, capaces de aspirar a un empleo mejor. A ellos es a quienes toda la mafia que controla la enseñanza en Baleares está engañando y estafando; a ellos es a quienes les destruyen las ilusiones: a la gente humilde, porque los ricos ni saben dónde está su instituto público ni les importa, porque se pueden pagar lo que haga falta. Aquí o en el extranjero.

Este desastre también constituye una estafa para los jóvenes que trabajan para pagarse los estudios. Yo, en esta España que presume de lo que no tiene, conozco muchos chicos que trabajan de taxistas, de camareros o vendiendo ropa interior en una tienda, para financiarse la universidad. Que su esfuerzo sea inservible, que hayan perdido su tiempo e ilusión es el cruel castigo que los responsables de la enseñanza balear les infligen por creer en el sistema. La factura de la paz de la que disfrutan las instituciones y sus representantes políticos para mantener el status quo la pagan estas familias humildes. ¿No les da vergüenza llenarse la boca hablando de «los vulnerables y desfavorecidos»?

El problema que estamos creando tiene recorrido porque nos condena a largo plazo. Algunas gentes, con razón, dicen que el turismo, dominante en Baleares, ofrece puestos de trabajo de baja cualificación. Es verdad: aunque también genera algún puesto cualificado, la masa del empleo turístico la forman camareros de bar y camareras de piso. El fracaso del sistema educativo nos condena a continuar así por muchos años; porque si no hay mano de obra cualificada, si el sistema produce jóvenes analfabetos (en catalán, pero analfabetos), con certificados que mienten sobre su formación, ¿a qué tipo de empresas podemos aspirar? Pues a camareros. Y gracias.

No quiero pensar que haya alguien interesado en tener un pueblo analfabeto; es demasiado maquiavélico. Pero es lo que está ocurriendo. Uno no puede decir «jo estim Mallorca» y secuestrar a sus chavales en el sistema educativo durante años para devolverlos casi tan analfabetos como cuando los captó. Pedir encima más financiación para esto es una estafa. Legal sí, pero estafa.