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Cuando aparecen en los medios las actitudes inciviles o inmorales de ciertos prohombres de la sociedad, el resultado es la desmoralización, pensando que todo es posible, que quien puede se aprovecha, que quien no lo hace es tonto, porque al final todo queda impune, nadie devuelve lo robado, y quienes tienen poder y dinero llegan hasta doblegar a los jueces. Esta desmoralización colectiva, para la cual desaparece el horizonte del deber, la conciencia de la culpa y el rechazo del delito, es mucho más grave que la inmoralidad aislada. ¿Es necesario hoy recordar lo elemental?

El ser humano es un hecho de naturaleza y un proyecto de libertad. No le basta la ley de la gravedad, del instinto, de la inmediatez, de la real gana. Hay el hombre físico con su constitución y sus genes que vive vecino de la animalidad, del instinto, de la violencia. El hombre moral que se abre al universo de la exigencia, del deber y de la ley que afecta a todos. El hombre religioso que se abre a una trascendencia sagrada y a un orden superior de la realidad a un proyecto de plenitud, una exigencia de perfección.

La experiencia del último año en España nos obliga a preguntarnos por los fundamentos morales de la sociedad, por los cauces existentes para la formación de individuos capaces de ir más allá del poder, de la capacidad física y de la fuerza, a los imperativos de verdad, honradez, dignidad, respeto y servicio al prójimo; para no sucumbir a la codicia, ambición y poder.