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Los padres de Lluc habían sido musulmanes pero se habían convertido al cristianismo tras la conquista de Jaime I . Ser el mayor de sus hermanos hacía que fuese el responsable de pastorear el rebaño de cabras y ovejas por las zonas más escarpadas de la Serra de Tramuntana. Cuenta la leyenda que una mañana, de esas en las que el sol asoma resplandeciente por entre los riscos de la cordillera, Lluc atisbó sobre un peñasco una figura de madera. Se acercó y vio que se trataba de una talla con forma de mujer que de inmediato identificó con la Virgen María .

Al atardecer de aquel día, Lluc regresó a su casa con la pieza debajo del brazo convencido del reconocimiento que recibiría de su familia por aquel hallazgo. Sin embargo, el poco interés con el que fue recibido lo llevó aquella misma noche a abandonar la figura a las puertas del oratorio de Sant Pere d’Escorca y olvidar el descubrimiento. Cuenta la leyenda que a la mañana siguiente la imagen había desaparecido de la iglesia y vuelto a aparecer en el mismo lugar en el que el joven Lluc la había encontrado. Te puedes imaginar el revuelo popular que produjo la noticia. Las consecuencias no se hicieron esperar. La roca de la aparición se convirtió primero en una ermita, luego en una capilla, después en un santuario y finalmente en el actual monasterio de Lluc.

La mayor parte de las leyendas son narraciones transmitidas de forma oral que luego se ponen por escrito. Pueden ser reales o pueden ser fantásticas. Como todo en la vida, cada uno le otorga su mayor o menor grado de historicidad. En Lluc, lo importante, lo realmente importante, vino después y lo encontramos en la historia del lugar. Alguien dijo, no sin razón, que el monasterio de Lluc es para Baleares lo que Montserrat es para Cataluña, un referente religioso, cultural, histórico y de identidad.