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Han pasado ya 50 años desde que un joven, convertido ya en estrella, se refugió en un pueblecillo de la Costa Brava, a las orillas de un mar que dio nombre a una de sus más exitosas canciones. Para mí, Joan Manuel Serrat siempre será otro. Aquel que, desde sus humildes orígenes en el barrio obrero del Poble Sec, hijo de un anarquista catalán y una ama de casa aragonesa, se dio a conocer en 1965. No sé si la nostalgia tiene algo que ver con la memoria, pero, sin duda, sus canciones permanecen más sólidas en mis recuerdos que otras experiencias. Guardo fielmente en mi memoria como, por las noches con un transistor bajo la almohada, escuchaba sus primeras canciones. Eran tiempos en que Ara que tinc vint anys, me hacía bullir la sang. Mientras que con Sota un cirerer florit o La tieta, más bien afloraban mis emociones.

Todo empezó una mañana de febrero de aquel 1965 en Radio Barcelona. Salvador Escamilla presentó en su programa a un noi del Poble Sec que componía canciones en catalán. En pocas semanas un desconocido Joan Manuel Serrat pasó a grabar su primer disco y a incorporarse a Els setze jutges.

Utilizando dosis de ironía y sensibilidad, ha sido el mejor fotógrafo de mi generación. En otras etapas ayudó a rescatar del olvido a poetas como Antonio Machado. Los versos del poeta andaluz se hicieron populares gracias a las versiones de un cantante catalán, descubriéndonos también a otros como Miguel Hernández, Joan Salvat-Papasseit o Mario Benedetti.

Serrat ha servido de referencia a músicos no solo de su generación, sino también de las siguientes. Esperemos que durante años podamos seguir oyéndole aquello de que Fa vint anys que dic que tinc vint anys.