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Complementar con una segunda dosis de Pfizer es la estrategia apropiada para quienes han recibido la primera dosis de AstraZeneca. Como ya analizamos enUltima Horael pasado 30 de abril, es la estrategia por la que «ya optan los países europeos punteros en I+D como Alemania, Noruega, Dinamarca, Suecia y Francia». Se han sumado a ella otros países europeos (Finlandia y opcional en Islandia) y, más recientemente, España. Está también claro que en regiones con cierta incidencia de la variante B.1.351 (sudafricana) se debería directamente excluir AstraZeneca por su ineficacia frente a esta variante. Con todo y con eso, las CCAA contrarias al Gobierno, pero también otras, promocionan (más o menos directamente) la alternativa que conlleva más riesgos, incluidos los trombos muy infrecuentes pero muy graves: ¿Qué está pasando?

Creemos que el Gobierno español ha acertado en su decisión, pero está siendo incapaz de hacer que prevalezca porque no la ha explicado. No ha esgrimido toda la argumentación científica que hay detrás. Y no era difícil hacerlo, aunque sería más fácil si aquí dispusiéramos de un buen sistema de evaluación científica de los problemas, que no lo tenemos. No ha sido difícil en los países europeos más avanzados, mientras aquí hemos tenido que ir a remolque de los mismos. Deberían haberse aportado con todo detalle los datos, los estudios, las estadísticas, las certezas y las incertidumbres, todo bien detallado. Ha fallado la comunicación ‘profesional’, tan esencial en nuestra disciplina de análisis de riesgos. No era nada difícil porque, además de la seguridad de la combinación, razonablemente ratificada ya con la experiencia de cientos de miles de personas en Europa que la han recibido, también está acreditada la superioridad de las vacunas ARNm contra la infección. Esta superioridad ha sido repetidamente contrastada para la variante del virus que predomina (95 % frente al 57-74 %, publicado en New England Journal of Medicine ), pero también frente a las variantes preocupantes, como la sudafricana (92% frente apenas un 10-20 % de AstraZeneca, publicado en The Lancet ) y merece destacarse, aunque las diferencias no sean tan grandes, que las vacunas de ARNm también son superiores contra la variante india (88 % frente a 60 %, publicado en Public Health England ), que avanza inexorablemente en el Reino Unido y se prevé predomine aquí en algunos meses. Otras razones, recogidas por el Centro Europeo de Control de Enfermedades el pasado 12 de mayo, son: a) ambas vacunas contra el SARS-CoV-2, generan el mismo antígeno (proteína SPIKE); b) la experiencia positiva con otras vacunas antivirales (VIH, hepatitis B y C, VPH, influenza o gripe, y ébola); c) la vacunación heteróloga (con una vacuna diferente en la segunda dosis) es conceptualmente similar a vacunar personas previamente infectadas, ampliamente experimentada; y d) los (buenos) datos provisionales del estudio Com-CoV de la universidad de Oxford y el Combi-Vac del Instituto Carlos III.

Por su parte, las CCAA de signo político opuesto al Gobierno, se amparan en la posición de la Agencia Europea del Medicamento EMA, condicionada por la ficha técnica de la vacuna que en su momento aprobó, y que vino acreditada por los estudios en fase 3 realizados en 2020, con bastantes miles de voluntarios. El prospecto de AstraZeneca marca dos dosis, pues eso es lo que hay, dice la EMA. Incluso pesa más la idea de «si no he tenido problemas con la primera dosis lo normal es que tampoco los tenga con la segunda», más allá de que exista o no evidencia científica.

Parece que cualquier resquicio (la posibilidad de elegir si uno rechaza la vacuna Pfizer), es aprovechable en la batalla política y está claro que la oposición le ha ganado la batalla de comunicación al Ministerio, pues la mayoría de ciudadanos que recibieron una primera dosis de AstraZeneca se acumulan en las colas que ofrecen poder repetir con la misma vacuna en segunda dosis. Es además una recomendación que tienden a apoyar la mayor parte de sanitarios, a falta de una explicación bien documentada por parte del Gobierno, que era indispensable pues el funcionamiento de la EMA no está adaptado a afrontar con agilidad y eficacia, estas situaciones sobrevenidas y, con la calma acostumbrada, esperará a ‘más datos’, antes de pronunciarse más allá del prospecto de la vacuna.

Para cuando la EMA se pronuncie, el dilema AstraZeneca/Pfizer habrá desaparecido y no quedará nadie, ni en España ni en Europa, que esté pendiente de recibir la segunda dosis de la polémica vacuna. Pueden quedar, eso sí, las consecuencias de los casos graves de trombos que, como si fuera una guerra, algunos considerarán como ‘daños colaterales’. En estas circunstancias, no nos sorprendió que los Estados más avanzados de la UE, encabezados por Alemania, Dinamarca, Francia, etc., asumieran la responsabilidad, apoyados en sus propios sistemas de evaluación de riesgos. Los líderes de la UE hace tiempo que percibieron que el papel de la EMA en esta pandemia no incluye abordar problemas que requieren una evaluación tan urgente. La comisaria europea Stella Kyriakides , dejó claro el cisma CE-EMA cuando, atendiendo a las quejas de los estados, exigió formalmente (carta de 9 de abril a la EMA) más detalles, en lugar de los escuetos comentarios que ofrecía la Agencia para los trombos, en los que no diferenciaba el balance riesgo/beneficio por franjas de edad ni su dependencia de la mayor/menor incidencia de COVID-19. La EMA, forzada a hacer esta evaluación, la hizo (en parte) el 23 de abril, pero la derivó con la información recopilada al anexo 4 de su informe, semiescondida y, rehuyendo el tipo de comentarios habituales en una evaluación científica de riesgos, derivó a «que cada estado analice y decida según sus circunstancias». La pandemia ha llevado a identificar, en torno a la EMA, este otro espacio a desarrollar en la construcción europea.

En este tira y afloja, cuando la comunicación falla, el virus político gana a cualquier vacuna. Puede ser que dentro de unos meses la EMA tranquilice sobre la vacunación con Pfizer, posterior a una primera dosis de AstraZeneca. Será ya obligado pues las dosis de refuerzo serán de Pfizer o Moderna; pero de momento han tenido que ser los países científicamente líderes de la UE quienes han hecho el trabajo de evaluación de riesgos y beneficios. Y en España les hemos seguido, lógicamente. No es que aquí infravaloremos la aportación que supone el estudio CombiVac; al contrario, pero haberlo esgrimido, en la comunicación política, como ‘el’ argumento de seguridad nos parece otro error. Hubiera sido mejor, agarrarse sin rubor a los dictámenes de otros países, más preparados que nosotros.

«Todo hubiera sido menos conflictivo en España con un sistema de evaluación de riesgos bien estructurado», con una credibilidad suficientemente acreditada de excelencia, transparencia e independencia, con el que no contamos. Pero, increíblemente, ni Gobierno ni oposición han mencionado esta laguna, en la que insistimos, desde el inicio de la pandemia, e incluso desde mucho antes, frente a otras crisis, como las alimentarias que nos preocuparon hace 30 años (’El asesoramiento científico a propósito de las vacas locas ’, El País 26 de enero de 2001). Es una asignatura pendiente.

Recientes avances en el conocimiento del mecanismo por el que la vacuna AstraZeneca podría causar los trombos acompañados de trombocitopenia, 20-50 % de ellos fatales, pueden permitir rediseñar la polémica vacuna (creemos que AstraZeneca ya está en ello) para que no conlleve riesgos graves y esperemos que la sustitución de los lotes antiguos por los rediseñados, no desencadene otra estéril confrontación política.

Reducir la distancia temporal entre el conocimiento científico y la aplicación médica es uno de los grandes objetivos que los sistemas de salud tienen planteados. Se nos insiste en ello a los investigadores, básicos y clínicos, en todos los planes de I+D biomédica en Europa. Es evidente que los problemas que tal distancia supone, sobresalen en situaciones como esta pandemia, cuando los avances científicos y la integración de los nuevos conocimientos se sucede con inusitada rapidez ante amenazas inminentes o sobrevenidas contra la salud y la vida. Ánimo.