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Muchos desaprensivos han convertido las redes de internet, mal llamadas sociales, en una mezcla de vomitorio y patíbulo en el que escupen su odio, propagan calumnias y dan rienda suelta a sus más abyectos instintos. Cada vez con mayor asiduidad, conocemos casos de personas convertidas en alimañas que se regocijan de la desgracia ajena. Ese odio también ha entrado en programas de televisión, y, lo peor de todo, es que también ha entrado en el Parlamento. Parece que los elegidos por el pueblo no saben que ese discurso del odio constituye una amenaza para los valores democráticos, la estabilidad social y la paz.

Si para amar necesitamos conocer a la persona amada, para odiar tan solo necesitamos cosificar a la persona odiada. Si el amor demanda paciencia y dedicación, el odio precisa urgencia y juicio sumarísimo. El amor es exigente y abnegado, porque abraza la miseria y el dolor ajenos. Ama quien es persona; mientras que, para odiar, sólo se necesita ser individuo. Allá donde hay personas, la libertad se enraíza y vincula, se encarna en otras almas y otros cuerpos, haciéndose comprensiva, humilde y responsable.

Las redes sociales, que fueron creadas para que las personas pudieran sacrificar el individuo y disfrutar de una vida comunitaria, se han convertido en individuos que destruyen vidas de personas a las que nunca podrán amar, porque no las conocen.