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Se dice que fue durante la Revolución francesa cuando los bares accedieron a un rango similar al de los clubes, en los que amén de consumir se debatía acerca de lo que fuera. Llámense bares, cafés, o bares restaurantes, especialmente en nuestro país han sido tradicionalmente como parlamentos a pie de calle en los que perorar, discutir, comunicarse, o por utilizar por primera vez, y espero que única, ese horrible término, socializar. Ni siquiera la universalización de las redes, en las que cualquier majadería adquiere prestigio de pantalla, había llegado a perjudicar seriamente el mundo de los bares. Pero, pero, llegó la pandemia, y con ella una especie de manto de infamia cayó sobre estos establecimientos sin que ni tan solo las autoridades responsables de ello contaran con razones que justificaran tal estigma. Quizás la posible explicación que estaría tras las severas medidas adoptadas para yugular la vida en los bares se basa en la confusión admitida desde el principio de la pandemia que iguala contagio con enfermedad, siendo dos cosas distintas ya que contagio del coronavirus y de muchos otros microorganismos lo hay en cualquier parte y el desarrollo de la enfermedad responde a otros factores. Fuera como fuere, lo cierto es que autoridades sanitarias y políticas –si es que llegados a este punto se puede distinguir entre ellas– y también público en general, siguieron esa confusa senda. En fin, aquí de lo que se trata es de lamentar que, admitiendo datos de la patronal hostelera (?), hasta ahora han cerrado en España, país de bares, unos 85.000 establecimientos, aventurándose que a final de año la cantidad alcanzaría los 100.000. Trágico. ¡Malditos bares! Y lo mucho que algunos los añoramos. Triste, triste.