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La Literatura ha adjetivado Palma de formas muy sugerentes a lo largo de su historia doblemente milenaria: sumergida ( José Carlos Llop , 2010), escenario de leyendas ( Gaspar Valero , 1995), desvanecida ( Màrius Verdaguer , 1953) o solo con su nombre: Die Stadt Palma , La ciudad de Palma ( Archiduque Luis Salvador , Leipzig, 1882), por citar únicamente algunas muestras. Hasta que se han apoderado de la ciudad unos nuevos bárbaros con marchamo de políticos que, sustentados en su incompetencia, parecen dispuestos a despojar a Palma incluso de su carácter literario.

Durante la campaña electoral de 1982 que llevó al PSOE al culmen de su poder, le preguntaron a Felipe González por el significado de su eslogan: por el cambio. Que España funcione, respondió. Un genuino tratado de comunicación política, expresado en apenas dos frases, que alcanzó ampliamente sus objetivos. González presidió el país los siguientes trece años. Y unas cosas funcionaron mejor y otras no tanto o directamente mal, que ahora no viene al caso; entonces aquellas tres palabras, que España funcione, engrandecían el papel de la gestión pública como parte sustancial de la actividad política.

Los días soleados de la pasada Semana Santa y las limitaciones de desplazamiento derivadas de la pandemia han llevado a muchos ciudadanos y también a turistas, no muchos, pero turistas, al paseo por las calles más céntricas de la ciudad. En mala hora para los fines propagandísticos de los que se dicen responsables del gobierno municipal de Palma, los concejales de PSOE, José Hila , alcalde, al frente, Podemos y Més. La dejadez y el abandono ya no son exclusivos de los barrios de tantas esquinas malolientes por el pringue de orines, animales y humanos, alejados del centro. En tramos nada cortos de la calle Sant Miquel, ¡Sant Miquel!, un ligero engrudo pegajoso con apariencia de suciedad larga se adhería a la suela de los zapatos; nada que ver con los restos cerosos que dejan las procesiones. El marco, el paisaje de la devastación económica que provoca la epidemia: barreras cerradas, empresas, personas, que ya se han quedado atrás, contradiciendo dolorosamente el discurso oficial; y muy, muy pintarrajeadas como para preguntarse si en alguna ocasión se ha identificado, no ya detenido, solo identificado, a algún vándalo del espray.

El jueves pasado una ciudadana con muletas subía los escalones de acceso a la Plaça Major desde el aparcamiento jurando en arameo al encontrarse la escalera mecánica cerrada con una valla municipal; de entre los reniegos se intuía un nombre: Jarabo. Las galerías de la Plaça Major, en el corazón mismo de Palma, constituyen el patrón que define en este caso la ausencia de gestión, la incapacidad de todos los administradores de la ciudad, no sólo de Jarabo. Cuando terminen su mandato podrán anotar en su tarjeta de resultados la ciudad 30, equis kilómetros de carriles bici, profusión de patinetes y artilugios circulatorios varios, el número exacto de árboles de Palma, otro tanto de franquistas agazapados en el callejero localizados y quizá, con suerte, un pavimento menos peligroso en la Plaça d’Espanya. ¿Tan difícil es que la ciudad funcione y un paseo por Palma sea de nuevo fuente de inspiración literaria y no causa de tristeza y desánimo?