El porqué de los radares

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Dado que España y Balears son democracias maduras, balsas de aceite en las que nunca ocurre nada digno de mencionar, hoy les voy a hablar de un sarpullido superficial que no por ridículo y absurdo es menos revelador de la calidad de la gestión pública. Hoy quería comentar el caos en el que una generación de políticos incompetentes y analfabetos, asistida de técnicos igual de cualificados, está generando en el tráfico.

Si yo fuera policía local o guardia civil de tráfico tendría muchos problemas para sancionar a los conductores que cometen infracciones porque yo, como individuo, tendría coche, y como conductor habría podido comprobar el disparate que estamos creando y que les voy a describir, por si usted no había reparado. Un guardia que se dedica a estos menesteres y tenga algo de curiosidad e interés por lo que hace debe de avergonzarse de lo que explicaré.

Cuando yo me saqué el carnet de conducir, en España, las normas eran sencillas: ciento veinte era la velocidad máxima en autopistas, noventa en carreteras y sesenta en travesías. Y basta. Aparte de esto había situaciones puntuales con velocidad más baja, como una curva, un hospital o una escuela. Lo importante eran las normas generales: en una travesía usted sabía que debía de ir a sesenta; si no había casas a los lados, a noventa. Y así sucesivamente. Daba gusto multar, si es que un guardia siente gusto de hacerlo. En todo caso, si no daba gusto, al menos no creaba cargo de conciencia.

Como ven, yo no me opongo a que los límites de velocidad se bajen. Es un asunto discutible pero mucho más defendible que el caos que están creando. Hoy, en mi opinión, es imposible aclararse, entender qué se espera del conductor.

Miren tres casos diferentes de estos tres núcleos urbanos: Establiments, Secar de la Real y Génova, los tres dentro del término municipal de Palma, los tres muy parecidos en cuanto a su estructura, los tres núcleos dormitorio, donde residen personas que fundamentalmente trabajan en el centro de la ciudad. Veamos: si usted va desde Palma a Esporles, es decir si sale por General Riera, al pasar la vía de cintura entra en el Secar de la Real. El cartel correspondiente indica el inicio del núcleo e informa al conductor de que la velocidad en la travesía está limitada a cincuenta por hora. En cambio, en el sentido contrario, bajando de Esporles a Palma, en la confluencia con la carretera que viene de Puigpunyent, un cartel informa de que la velocidad está limitada a cuarenta. Contiguo al Secar está Establiments, un núcleo también cruzado por la misma carretera. Cuando uno entra a Establiments procedente de Palma, la velocidad está limitada a treinta; en cambio, en sentido contrario, bajando de Esporles, la velocidad está limitada a cuarenta. En el caso de Génova, sorprendentemente, la velocidad está siempre limitada a treinta.

¿Cómo un conductor, incluso con buena voluntad, puede aclararse? ¿Por qué en un sentido se puede ir a cincuenta, en otro a treinta, en otro a cuarenta? Yo me pregunto si el rigor con el que se han puesto los carteles es el mismo con el que se gobierna el municipio (sí, no lo duden), porque esta es una competencia municipal. Y me pregunto qué hace un policía local, que debe conocer este pitorreo, a la hora de multar. No, no debe de ser fácil cuando uno no tiene autoridad alguna. ¿Y qué hace un juez al que le llega un recurso contra una de estas sanciones?

Las cosas no están mejor en el resto de Mallorca. Ya no les hablo de carreteras en las que cada pocos metros se cambia la velocidad límite o de los carteles limitadores de velocidad por obras, que siguen en su lugar durante semanas y semanas pese a que nadie está trabajando. Me voy a limitar a las travesías, para que vean el disparate. En Esporles, al entrar al pueblo desde Palma, dos carteles, uno en la carretera vieja y otro en la nueva, limitan la velocidad a cincuenta por hora. En cambio, cuando uno entra en Consell, por la antigua carretera de Inca, el límite está en cuarenta. Y apenas cinco kilómetros después, cuando se entra en Santa María, la limitación baja a treinta.

¿Hay quién dé más?

Ustedes dirán que ya tengo ganas de fastidiar, buscando los carteles allí donde tal vez haya habido un error. ¿Error? ¿O es que nadie ha visto que el Paseo Marítimo de Palma tiene tres límites de velocidad diferentes, uno, cuarenta, desde Portopí hasta la avenida Argentina; otro, cincuenta, desde estos semáforos a Antoni Maura y, finalmente sesenta, desde Antoni Maura a las Avenidas?

¿Se dan cuenta de por qué tenemos radares? Porque no tenemos policías capaces de multarnos cuando ni ellos mismos se aclaran.

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