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Que Juan Carlos de Borbón se vaya de viaje largo y diga que, mientras tanto, está a disposición de la fiscalía no vale nada, pues todos los ciudadanos lo estamos y dado que él dimitió del cargo que le daba la impunidad -según la interpretación cortesana de la Constitución: un disparate que atenta contra cualquier principio básico de la decencia pública, pero comúnmente aceptado por la aristocracia política– lo está como el resto de ciudadanos, esté en el país o -como casi siempre ha hecho a lo largo de su vida – gozando de los placeres mundanos en lejanas tierras.

En efecto, resulta curioso que alguien pueda sorprenderse de que el Borbón viejo pase las próximas semanas o meses por ahí afuera de juerga. Porque es lo mismo que ha hecho desde que Franco lo hizo rey y hasta su dimisión -lo que los ñoños cortesanos llaman “abdicar la corona” – en 2014. Participaba en algún paripé familiar y/o oficial en Madrid, se hacía la correspondiente foto y partía a algún lugar a retozar con la amante de turno, pareja de hecho a veces y siempre a gozar de la vida fuera matando elefantes, esquiando, etc. A nadie importó durante décadas este comportamiento. Lo mismo que hacía su consorte griega, que lleva 50 años de residencia oficial teórica en Madrid y que aún así no sabe hablar bien el castellano. Lógico porque ha vivido mucho más tiempo en Londres con sus amantes y/o también parejas de hecho: al respecto hay que constatar el machismo ibérico todavía reinante en los medios de comunicación españoles que ya aceptan que él tuvo compañeras sexuales y/o sentimentales y en cambio no se atreven siquiera a insinuar la posibilidad de que ella hiciera lo propio, como si la pobre mujer debiera llevar desde 1976 -año de la separación de hecho del matrimonio – sin sexo. Monja royal, o sea.

Así que, en resumen, Borbón viejo no hace ahora nada diferente a lo que ha hecho durante los últimos 45 años. Y si lo hace es porque puede, porque no existe ninguna cautela judicial que se lo impida. Por la obvia razón que ni la justicia española ni la suiza lo ha imputado, de momento. Es mentira que, como dicen los republicanos de salón, haya huido del país y se haya fugado de la justicia española. Si ésta o la suiza lo reclamase y no se presentase luego sí que sería un prófugo. Mientras, no. Que esté en Mallorca, Madrid, Ginebra, Abu Dabi, Dominicana, Suiza, Rusia, Turquía o se mueva sin cesar a bordo de algún barco de ultra lujo da exactamente lo mismo.

Tampoco se entiende que alguien pueda suponer que porque Juan Carlos esté de parranda por el mundo la institución que ahora ocupa el hijo tenga mejor posición política. Los escándalos no se deben sólo a que el viejo haya hecho esto o lo otro y pueda ser ilegal sino, sobre todo, a que ha actuado con comporamiento vergonzoso en un Jefe del EStado y cobijado bajo una inmunidad que él ha convertido en impunidad con la aquiescencia de los gobiernos de turno y partidos mayoritarios,en una interpretación aberrante del precepto constitucional de inviolabilidad del monarca.

La institución es, en fin, la misma con Felipe que con su padre. Sus carencias democráticas transcienden a su titular. Esto es lo relevante. El resto no da para más que, si acaso, el debate en algún plató deTele 5.